Sin darnos cuenta, puede que estemos sobrepasando los límites de lo coherente y honesto en las redes sociales. Que estas han llegado a nuestras vidas para quedarse está claro. Lo que todavía no parece estar muy asentado es el uso que se debe hacer de ellas, sobre todo entre los más jóvenes. Aunque este hecho tampoco es de extrañar debido a la ausencia de una asignatura en el sistema educativo en la que se advierta de los peligros que puede acarrear el mal uso de estas herramientas de socialización. Instagram es la red preferida de los jóvenes; precisamente, aquella en la que no están sus padres. La misma en la que lo que triunfa es el postureo o, lo que es lo mismo, el quedar bien y parecer otro/a, con el único fin de conseguir los máximos likes en las fotografías. Así, los jóvenes no conocen los límites. Se los saltan hasta el punto de compartir momentos de la vida privada que, hasta ahora, sería impensable que sucediera. Y no estoy hablando de algo que suenan las campanas pero no sabemos en dónde. Esto también sucede en la comarca, no solo en las grandes ciudades como se puede pensar en un principio. Prudencia. Tengamos cabeza. No hagas hoy algo de lo que te puedas arrepentir mañana. Y a vosotros, los padres, no es fácil controlar lo que publican los hijos en sus perfiles sociales, pero tampoco lo es informarse y advertirlos de los peligros. No hay día en el que al abrir mi cuenta de Instagram vea algo de lo que no me asombre. Eso sí que no es normal. Ellos no son conscientes. Alguien tendrá que hacérselo ver. Padres y gobierno, en vuestra manos está. Los administradores de las redes también tienen vela en este entierro.