Vivir del viento


La respuesta se repite en prácticamente cualquier bar de la Costa da Morte al que acudan habitualmente jóvenes entre los 20 y pocos y los treinta y alguno. «Vai nos eólicos». Con esa contundente y, en cierta medida, indeterminada sentencia se explica la ausencia en el vermú de un determinado miembro de la pandilla y, al mismo tiempo, se describe toda una realidad social, que tiene varias caras, mezcla de prosperidad y miseria a partes más o menos iguales.

Por un lado se cuenta que alguien que no tenía trabajo lo ha encontrado, o que ha cambiado los 900 euros de ordeñar vacas a las seis de la mañana por una nómina que llega a triplicar esa cifra, a cambio de echarle muchas horas, economizar con las dietas y recorrer el mundo, aunque en la mayor parte de los casos solo sea de pasada. Pero por otro se describe un país que, una vez más, es incapaz de sustentar y darle perspectivas de vida a unos hijos que ahora han encontrado en el viento la Argentina o la Suiza de antaño.

A uno de estos jóvenes le preguntaba hace ahora unos dos años, cuando empezó, un vecino de su misma edad y al que le rondan en la cabeza ideas parecidas, si no le daba miedo trabajar a tanta altura. «Home, cámbiache ben de subir ao ferro polas escaleiras de dentro a estar colgado por fóra», le explicaba el amigo, que acababa de dejar el cubo y la brocha con los que pintaba torres de alta tensión a 40 grados en Andalucía para embarcarse en una nueva aventura profesional que, por lo que veía alrededor, puede dar para la entrada del piso, levantar unas columnas en la parcela que el abuelo ya le dijo que era para él antes de morir o para el BMW traído de Alemania con muchos extras y pocos kilómetros.

A la novia le hizo poca gracia, más o menos la misma que a su abuela 70 y pico años antes, solo que la mujer no tuvo nunca ocasión de saber exactamente donde quedaba Buenos Aires y ella ya se ha permitido un par de escapadas a París y al norte de Alemania, aprovechando los días libres en la facultad y que, ya que él no puede venir mucho porque trabaja los sábados por la mañana, quemar el fin de semana en ese barrio de Montmartre que nunca pensó en visitar fuera de las películas o las canciones de Sabina.

Son los tiempos de Ryanair e Instagram, que también lo podrían haber sido de una verdadera reconversión de la mano de obra sobrante del naval, de la salida a la siempre precaria economía del agro o del acomodo digno para el que tuvo que bajarse del andamio con la explosión de la burbuja de pisos de segunda residencia en Alicante o en Miño. Lástima que a quienes deberían sentar las bases de todo este desarrollo con una industria que se veía venir sin ser muy listo les faltase el arrojo de estos jóvenes para apostar fuerte y ahora ellos se tengan que dirigir a sus jefes en alemán, portugués o inglés con acento de Irlanda.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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