Verdades (y 2)

Maxi Olariaga LA MARAÑA

CARBALLO

Quienes hayan leído esta columna, la correspondiente al pasado miércoles, recordarán que en ella citaba la opinión de Fernanda Tabarés, Antón Riveiro Coello y Víctor Freixanes, sobre el atentado terrorista ocurrido en Barcelona. Y recordarán que los tres coincidían en que, condenando sin paliativos el atentado por inhumano, se hacía necesario escarbar en lo superficial hasta llegar al origen de tan execrable acto y, una vez analizado seriamente, ejercer la autocrítica para no recaer en las causas que condujeron a tal sinrazón. Visto lo sucedido después de la explosión de Las Ramblas, me afirmo y ratifico en que nuestros políticos, que al poco tiempo como perros rabiosos comenzaron a disputarse a dentelladas los despojos de la ocasión para cobrar ventaja electoral, no nos merecen. Unos se reunieron por ver si era o no conveniente asistir a la manifestación. Otra dijo que a ella nadie la había invitado. Otros se escupían a la cara que si unas fuerzas de seguridad eran más alabadas que las otras. Un alcalde llegó a culpar a su colega barcelonesa del atentado. Un cura nos informó que estas cosas sucedían por tener alcaldesas comunistas radicales en Madrid y Barcelona. En fin, bochornoso y vergonzante. A mí no me representan ni unos ni otros. A mí me representan los taxistas, los hosteleros y el hombre que bajó de su casa y acompañó a un niño agónico sobre la acera. El abrazo del imán de Rubí con los padres de Xavi, otro niño muerto. Y la gente de la calle que, sin pedir nada a cambio, ofreció su casa, su ayuda y su aliento. No nos merecen, ellos. Los que saben y no denuncian, cuáles son las causas de tan imperdonable crimen.