Los gobiernos municipales han consumido ya la mitad de sus mandatos y la sensación en la mayoría de localidades es que los dos años que les quedan se les van a hacer más que cortos si realmente todavía creen que pueden sacar adelante muchos de los proyectos principales con los que se presentaron a las elecciones. Las administraciones locales, constreñidas por los decretos de Montoro, que ahora parece que va a aflojar la mano algo, pero poco, siguen sumergidas en un mar de burocracias y falta de recursos que hacen que en la mayoría de los casos las inversiones se ciñan a los planes que llegan de la Deputación, lo demás es subsistir y gestionar miseria.
Sin embargo, el problema aparenta bastante más serio que la simple falta de dinero y de un ejercicio ágil de las competencias, que ya no es poco, y tiene bastante que ver con la falta de proyectos verdaderamente ilusionantes, novedosos y capaces de marcar la diferencia. Acciones de esas que posibilitan que la labor de un gobernante deje con los años un poso en su pueblo algo más destacado que el de arreglar las carreteras y pagar las nóminas. Aquí es donde a los alcaldes -por norma general, siempre hay excepciones- se les está atragantando más la tarea, porque las posibilidades de endeudarse hasta límites escandalosos o el maná al estilo Plan E de Zapatero ya no existen y ahora cada piedra que se mueve implica un aporte extra de ingenio y trabajo.
Ese letargo de la creatividad tampoco cabe achacárselo en exclusiva a los políticos, porque es el fiel reflejo de una sociedad igualmente dormida en el plano reivindicativo, a la hora de exigir pasos importantes más allá de los intereses particulares de cada cual.
Ese objetivo, que cada vez queda más claro que se trata de una quimera, de la integración comarcal, salta por los aires a las primeras de cambio en cuanto alguien ve la oportunidad de arrimar a su sardina una ascua que bien avivada daba para calentarnos todos, como se está viendo estos días con los líos a cuenta de las delimitaciones del Camino.
Además, hay todavía otros asuntos mucho más serios y que nadie afronta como lo que son, una verdadera situación de emergencia de país. La pérdida de población, el envejecimiento y la vuelta a la emigración de legiones de jóvenes deberían ser temas capitales a enfrentar por parte de cualquier gobernante, porque en ellos va la propia supervivencia de las comunidades y el cuidado del territorio. Bien es cierto que en ningún sitio han encontrado la fórmula mágica para pararlo y el resto de administraciones también hacen como que no lo ven. Pero el tiempo se agota y no solo el de los mandatos políticos sino el de la sociedad en su conjunto.