Cisma

Maxi Olariaga LA MARAÑA

CARBALLO

Hace muchos años, en un pueblo rural del interior ibérico, se cernió una gran sequía. Así fue que el párroco y su feligresía decidieron procesionar la imagen del cristo crucificado durante una semana, tres veces al día, entre fervorosas rogativas clamando por las lluvias. Al octavo día, persistía terca la seca. Pueden creerme. Los mozos sacaron el cristo afuera y lo arrojaron al escaso arroyo agonizante. Hecho eso, viajaron a la ciudad y compraron un cristo nuevo que al cabo de seis días de clamor, trajo por fin la lluvia. Todavía hoy en la taberna se canta recordando este trance de sus abuelos: «¡Qué valientes nuestros mozos/ gente de mucho valer./ Tiraron el Cristo al río/ porque no hizo llover!». La historia es cierta y les ruego me permitan que no de nombre al pueblo del suceso.

Recordé esta casposa españolada cuando, esta semana, leí en este periódico el conflicto entre un párroco y su preferencia por la virgen de la Soledad, y una hermandad más inclinada a la virgen de la Amargura. Sus irreconciliables posturas han conducido al esperpento de que primero desfile la parroquial virgen de la Soledad y, una vez recogida esta, recorra las calles la virgen de la Amargura. La humanidad, en un acto de sinrazón absoluta, cree que en los cielos las múltiples advocaciones de la virgen e incluso los innumerables títulos de Jesucristo, andan a la greña por cuestiones de superioridad. Los católicos deberían leer más la Biblia, como hacen los cristianos separados del Vaticano. Tal vez encontrarían sentido a las palabras del Nazareno: «Amaos los unos a los otros... en esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Juan: 13-34).