Aún con conjuntivitis y ya nos pilló la gripe


Hace frío, mucho. Más que nada porque lo dice la televisión, en esos breves espacios que se dedican ahora a lo «meteo», la ciencia catódica que ha convertido en género aquello de hablar del tiempo, que apenas estaba inventado, pero que cobra otro brillo si le añade una foto del sol a medio poner (o medio salir) que mandó Antonia de Albacete. Esos ratitos de isobaras, precipitaciones, perturbaciones tropicales entre los que, de vez en cuando, se cuela alguna película, un informativo o la última entrega -que fijo que no lo es, vendrán más- de Gran Hermano.

Como hace frío, cosa rara a mediados de enero, llega la gripe, aunque al parecer tampoco tienen tanto que ver una cosa y la otra. Y este 2017 viene especialmente dura -el año que no lo haga, que sea más benévolo que el anterior, habrá que abrir con eso el Telediario, porque sí que será noticia y de las gordas.

Además, aquí en la Costa da Morte, nos ha pillado tan a contrapié que aún no nos habíamos recuperado de la conjuntivitis, que ya parece que estamos sumidos en otra epidemia de tintes apocalípticos; por más que los especialistas, de una cosa y de la otra, incidan en que no hay que darle mayor importancia, ni a una cosa ni a la otra, más allá de las consabidas molestias que ocasiona en ambos casos a quien le toca padecerlo.

Ahora bien, ¿realmente estamos ante un problema de gravedad tal que justifique que en el Virxe da Xunqueira tengan que utilizar hasta la última camilla disponible? Cabría preguntárselo a alguna madre, o más bien ya abuela, de las que todavía estos días se puede ver lavando en el río, con un taco de jabón de esos marca Teide, mientras a su lado tiritan mocetones envueltos en chaquetas de plumas y Goretex. Seguro que ellas, igual que en el tiempo no ven solo ciclogénesis explosivas o vientos saharianos, en seguida saldrían con algún dicho del tipo: «La gripe con tratamiento durante siete días y sin tratamiento, una semana». Así que, sin ánimo de banalizar ninguna enfermedad y menos una que en casos muy extremos, casi siempre ligada a patologías previas, puede provocar incluso la muerte; quizás deberíamos reflexionar un poco más sobre el uso que hacemos de los servicios hospitalarios. Por supuesto que están ahí para echar mano de ellos, pero unos estornudos y un dolor de cabeza, por más que fastidien en ese momento, igual no son la razón más justificada para tirar de un bien que cuesta mucho dinero y de unos profesionales que posiblemente le hagan más falta a otro.

La procura de una vida analgésica, que a eso aspiramos todos, no debería traducirse en algo así como una hipocondría social. Casi mejor hablar del tiempo.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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