uando uno no sabe qué hacer, mejor que no haga nada. No es un proverbio chino, pero debería serlo. Ante la duda, mejor abstenerse. Esa debería ser la máxima de los que, con la mejor de las intenciones, intentan ayudar a las personas que han sufrido un accidente.
En el que ocurrió el martes por la tarde en A Piolla, los bomberos se encontraron ya con los dos lesionados fuera del coche. Dado que uno de ellos, una mujer, estaba inconsciente, los miembros del servicio de emergencia enseguida se dieron cuenta de que habían sido los espontáneos que acudieron a auxiliarlos los que los sacaron del vehículo.
Los bomberos y el GES se encuentran muchas veces con situaciones similares que son de alto riesgo. Un movimiento desafortunado o una manipulación poco adecuada puede convertir una lesión reversible en una daño para siempre,
CCreen muchos miembros de los equipos de emergencia que no hay suficiente información sobre la forma en la que hay que comportarse cuando se produce un accidente. Los primeros auxilios son fundamentales. Una niña de solo diez años salvó a su abuelo que sufrió un infarto, cabeza fría y la formación que acababa de recibir en la escuela, además de la ayuda de los especialistas, obraron el milagro.
La asignatura tendría que ser obligatoria porque nunca se sabe cuándo tendremos una vida en nuestras manos. En todo caso, y mientras las enseñanzas no se generalizan, si no se sabe que hacer es mejor limitarse a llamar a los servicios de emergencia, intentar animar y acompañar al herido, pero nunca tocar. Cuánto daño se puede hacer cuando se intenta hacer el bien.