Navidad... ¿igual para todos?


Hace tiempo que la pobreza llamó a la puerta de la llamada clase media, obligando a muchas familias a recurrir a bancos de alimentos, comedores sociales, albergues, roperos y a la caridad de sus vecinos. Incluso puede que algunas personas que antes proporcionaban ayuda sean ahora quienes reciben comida. Quizá nunca te hayas planteado lo que siente una persona que, debido a las dificultades de la vida, llega a ese día en el que ve que no tiene nada para comer, ni nada que ofrecerle a sus hijos, ni ropa que les sirva o que les abrigue para el invierno. El shock de la situación puede hacer que se aíslen de sus familiares o amigos, porque no quieren que sepan lo que están pasando. Dejan de relacionarse y se excluyen porque se sienten culpables de lo que viven. Sienten vergüenza por tener que pedir. Impotencia al creer que no pueden hacer nada por cambiar su situación. Rabia, estrés, apatía, depresión o ansiedad. Una combinación agotadora y dolorosa que en las peores situaciones puede llevar a la ruptura familiar, a vivir en la calle o a las adicciones.

Una de las peores consecuencias de la pobreza, y que frena el avance de las personas, es precisamente esa sensación de impotencia y de que no se puede hacer nada por cambiar las cosas, la falta de control, el sentimiento de inferioridad o la inutilidad. Incluso en esos momentos en los que sí hay posibilidades reales de cambiar las circunstancias. Es lo que se conoce como indefensión aprendida y genera apatía, culpabilidad o depresión, siendo además una de las posibles explicaciones a las dificultades para salir de la pobreza. ¿Para qué voy a intentarlo si total, no hay nada que pueda hacer para cambiar? Pero? ¿y los niños? No solamente sufren las mismas carencias que sus familiares adultos, lo sufren doblemente porque no entienden qué es lo que está pasando, la falta de control aún es mayor, por lo que se enfrentan al mundo con inseguridad y luchando contra el estigma social de la escuela. Además, las carencias actuales les supondrán una carga que les acompañe en su futuro, siendo propensos a desarrollar depresión o ansiedad, al fracaso escolar y a barreras que les dificultarán salir de la pobreza. No resulta curioso, pues, que ante la llegada de las Navidades, adultos y niños sumidos en la pobreza no sientan las mismas emociones que sus vecinos, que esperan impacientes la llegada de los regalos, de una mesa a rebosar de comida o a la lotería que nos solucione la vida. Porque la suya, después del 6 de enero, seguirá necesitando los mismos recursos que antes de la Navidad.

Recursos que no solo incluyen lo material, la esperanza o el intentar volver a creer en sí mismos. También incluyen recursos humanos como el de los incansables voluntarios: personas generosas que de forma altruista comparten su tiempo y cariño con aquellos que más lo necesitan, no solamente en Navidad, y que son fundamentales para que las personas en riesgo de exclusión puedan seguir adelante. Lo interesante de esta relación es que ambos se benefician de ella, y va más allá del sentirse útil, ya que el voluntariado promueve cambios fisiológicos positivos en el cerebro asociados a la felicidad, que se traducen en una mejora de la autoestima, en una visión más positiva de la vida y del futuro, de reducir la depresión o el aislamiento social. Las Navidades no son iguales para todos y hay cosas que no podemos controlar, pero sí está en nuestra mano decidir qué hacer con nuestro tiempo libre, compartirlo con personas que lo necesitan y conocer una realidad que ya no nos queda tan lejana, aceptando finalmente que somos seres sociales que necesitamos sentirnos adaptados y queridos. Todo el año, y no solamente en Navidad.

Por Elsa Gundín Psicóloga y directora del centro La Realidad Inventada

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