Visión en Toledo

Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

CARBALLO

Ed

Unos años antes de que comenzase la guerra civil en Siria, tuve una visión profética de lo que iba a suceder y de cómo iba a acabar

31 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Unos años antes de que comenzase la guerra civil en Siria, tuve una visión profética de lo que iba a suceder y de cómo iba a acabar. Fue en la mística Toledo, un lugar a propósito para la epifanía. Un centro de estudios políticos había tenido la idea de reunir a los distintos grupos de la oposición siria para un diálogo a puerta cerrada. Se trataba de crear una plataforma que los coordinase y los hiciese más eficaces. Como eran organizaciones clandestinas, el asunto estaba envuelto en un gran misterio. En medio de un aire de conspiración, a los participantes se los trajo siguiendo rutas enrevesadas, y se descartó Madrid para el encuentro por considerarse que los servicios sirios de inteligencia eran muy activos allí. Por eso se eligió un hotel discreto en la ciudad vieja de Toledo.

Mi papel era simplemente el de coordinador de una mesa redonda, pero en las comidas y las cenas tenía la oportunidad de charlar con los participantes. Visto retrospectivamente, allí estaba en germen el relato de lo que iba a suceder. La oposición se encontraba, efectivamente, fragmentada en familias irreconciliables. Los laicos, comunistas y socialistas en su mayoría, estaban divididos por viejas rencillas, y a su vez enfrentados al representante de los liberales, un empresario sirio exiliado en Estados Unidos que hablaba inglés con el mismo acento que George W. Bush. El representante de los islamistas, en cambio, hablaba poco. Se limitaba a sonreír enigmáticamente mientras los demás se peleaban. «Esta gente son intelectuales, sueñan y discuten», me confió luego en el comedor. «Si algún día ocurre algo, el pueblo no los seguirá a ellos sino a nosotros, porque con Dios no se discute».

Las sesiones acababan pronto, al caer la tarde. Yo aprovechaba para recorrer la ciudad del Tajo. Un día paseaba a la luz de un sol de bronce viejo con un veterano activista sirio y el hombre se paró un momento a observar una pared. «Estos agujeros... -dijo, sorprendido- si no fuese porque no me parece posible, diría que son agujeros de bala». «Son agujeros de bala», le respondí yo. Y le expliqué que todo Toledo está todavía salpicado de balazos de la guerra civil. Entonces, como un Santo Tomás incrédulo, aquel hombre metió los dedos en la piedra y sonrió, y esa es la imagen que tengo grabada, casi diez años después. Ahora me recuerda el cuadro de Millais que se exhibe en la Tate de Londres, en el que un Niño Jesús prefigura la Pasión al herirse con un clavo en el taller de San José. «En Siria nunca hemos tenido una guerra civil», decía con cierto orgullo patriótico. «Hemos tenido guerras coloniales, incluso una con los romanos, pero no una guerra civil, realmente». Supe hace poco que el hijo de este hombre murió torturado el año pasado.

A lo largo de estos tres años de guerra he ido observando, sin querer, desperdigado por las noticias, el destino de los participantes de aquel encuentro en Toledo. Muy al principio, los nombres de los izquierdistas laicos aparecían de manera prominente en los manifiestos, en las listas de ministros del Gobierno provisional... Pero, al final, el representante islamista acabó teniendo razón: el pueblo los siguió a ellos. En cuanto a nosotros, está claro que nos equivocamos: creíamos que el futuro de Siria estaba reflejado en las actas secretas de nuestro congreso y sus conclusiones, pero ahí no había más que buenos deseos y la vanidad de los especialistas. El futuro estaba escrito en otro lugar, bien a la vista: en las viejas piedras de Toledo. Me acordaba ayer, al ver que arranca por fin la conferencia de paz en Viena. Esperemos que sea el comienzo del fin de esta pesadilla.