Los propios vecinos de Malpica lo reconocen. Eso sí, con la boca pequeña. Si un juez se diese un paseo por el casco urbano y tirase de legalidad urbanística ordenaría derribar de manera inmediata la mitad de la villa. Edificios a pie de playa con nueve pisos de altura, complejos residenciales en estado de abandono por el reventón de la burbuja inmobiliaria (y de antes de la crisis también), viviendas y naves con sentencias firmes de demolición, camiones de la basura que no pueden acceder a calles de reciente construcción o bomberos que tienen que cargar agua en el puerto cuando hay un incendio en la Atalaia. Es la otra cara de Malpica.
Los años del bum inmobiliario fueron un filón para las promotoras, que vendían pisos como rosquillas a precios de oro. Daba igual donde se construyera. Lo importante era hacer cemento y tirar de ladrillos para arriba... Hasta que Lehman Brothers quebró y le dio la puntilla definitiva a la desfeita. De la noche a la mañana aquella imagen de Malpica, llena de grúas, obreros y andamios, dio paso a otra en la que triunfan los mamotretos, las casas de cuatro pisos en medio de una leira, adefesios de colorines, viviendas antiguas necesitadas de una rehabilitación urgente que nunca llegará... Ejemplos, muchos. La urbanización de O Canido o la de la Atalaia -sobre la que pesa una investigación judicial por supuestas irregularidades urbanísticas- representan un modelo de construcción sin freno, en lo que todo valía. En Malpica es perfectamente aplicable aquella frase del economista francés del siglo XVIII, Vincent de Gournay: «Laissez faire, laissez passer» (dejen hacer, dejen pasar). Solo así es entendible que en un precioso tramo costero destaque un horrible bloque de 34 viviendas, que además es pasto de los actos vandálicos, los botellones y los cacos.