Hay veces que es mejor estarse quieto

CARBALLO

Edificio en la playa de A Ribeira.
Edificio en la playa de A Ribeira. JOSE MANUEL CASAL

Hay una expresión muy manida en Argentina que usan los lugareños para referirse a su país, que decía que sería todavía más bonito si no fuese por los argentinos. Se puede aplicar al urbanismo de prácticamente cualquier localidad de la Costa da Morte y, en este caso al de Fisterra. Muchas de las cosas, por no decir la gran mayoría, de las que se hicieron en las últimas décadas han servido, básicamente, para degradar lo que, de por sí, es un paraíso natural con todas las condiciones culturales e históricas para convertirse -que lo es a pesar de todo- en el buque insignia de los atractivos de la comarca.

Ejemplos como los centenares de pisos que se amontonan en la recta de la Anchoa para ser ocupados, con suerte, unas semanas en verano; mientras inmuebles con verdadero valor del casco interior se caen a cachos, hablan a las claras de cuáles han sido las prioridades de la explosión ladrillera de los últimos años, en los que construir era un bien en sí mismo sin saber de verdad para que se hacía.

La falta de un proyecto organizativo conjunto y la creencia generalizada de que cada uno en su casa hace lo que viene en gana ha dado lugar a un crecimiento sin control ni ordenación, que deja muestras en la zona de A Insua, por hablar de alguna en concreto, de chalés de cientos de miles de euros bordeados de cunetas y con pistas a medio asfaltar como medio de acceso.

Si a eso se le suma la presencia de adefesios que ni se finalizan ni se tiran en algunos de los lugares más privilegiados del pueblo o un corazón urbano en el que falla la limpieza y el mantenimiento, a la vez que sobra ingenio para saltarse las normas de protección, el resultado es justo lo contrario de lo que, en el fondo, cualquiera quiere para el sitio en el que vive.