Al margen de los feligreses, o los curas, porque el marfileño Désiré Kouakou Tanoh, ahora destinado en varias parroquias de Cee, también le robaron en su coche hace algunos meses; la mayoría de estos delitos se cometen contra los propios templos. Los casos más recientes documentados son el de la iglesia de San Xulián de Malpica en abril, o los de Cesullas y Borneiro (Cabana) en noviembre del año pasado, dos meses después de que faltase la campana pequeña del templo de Noicela (Carballo), que junto con la sustracción de un cruceiro en O Allo (Zas) en febrero, fueron algunos de los ejemplos más sonados.
Sin embargo, ninguno tuvo el alcance de lo ocurrido en Nande y Traba (Laxe) en septiembre del 2012, cuando desaparecieron varias imágenes religiosas -algunas de considerable valor histórico y artístico- de las que, a día de hoy, se desconoce su paradero, como ocurre en la mayor parte de estos casos.
La explicación, a juicio de algunos expertos en arte religioso, como el presidente del Semescom, Xosé María Lema, es sencilla y tiene que ver con el bajísimo nivel de protección que tienen estos bienes en relación con su valor. Lema y otros consideran que la Iglesia no hace lo suficiente, o más bien prácticamente nada, por proteger un legado secular, que se encuentra expuesto a los robos en edificios muchas veces aislados, que solo se visitan semanalmente y que carecen de sistemas de seguridad.