El Corcubión de 1925

Los escritos de Manuel Areas permiten saber cómo era la villa 90 años atrás


Manuel Areas Blanco nació en Lires-Cee y emigró muy joven a Argentina. Allí fue, en 1922 uno de los promotores de la asociación ABC de Corcubión, sociedad en la que ejerció de secretario provisional primero; la presidencia entre el 5 de abril de 1924 al 6 de febrero de 1925, la secretaría titular y la contaduría. Durante su actividad profesional fue subdirector de la Biblioteca de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, falleciendo en esa ciudad el 30 de octubre de 1928.

Su labor como bibliotecario y su pasión y amor por la tierra que le había visto nacer, le llevaron a publicar muchos trabajos en la Revista Alborada, de la citada asociación ABC, relativos al territorio que había abandonado de muy joven. Uno de esos trabajos fue la descripción en 1925 de los distintos municipios que componen, aún hoy, el Partido Judicial de Corcubión, conociendo por él como era la localidad en aquella época.

«Corcubión -cuenta Areas- está unido a la villa de Cee por una larga hilera de casas y palacetes modernos que se levantan a lo largo de la carretera». La capitalidad judicial tenía por aquel entonces Administración de Aduanas de 2ª. clase; era igualmente Estación marítima sanitaria con una jurisdicción que alcanzaba desde punta Nemiña hasta los islotes Forcados, en Camariñas. También era residencia de varios cónsules extranjeros, con escuelas, iglesia parroquial, ermitas, fondas, empresas de automóviles, fábricas de conservas alimentarias, de bebidas gaseosas y licores, salazón, encajes, aserraderos de madera, Compañía General de Carbones y toda clase de pequeña industria; Bancos -además de Notaría, Registro de la Propiedad, capitanía Marítima-, sociedades como el Círculo de Recreo o el Liceo de Artesanos, Telégrafo, Correos, luz eléctrica... Y, había, además, feria el último viernes de cada mes y mercado los viernes y domingos.

Se hallaba en construcción un gran edificio para las Escuelas de Artes y Oficios, generosa ofrenda de uno de los hijos de Corcubión emigrado muy joven a la Argentina, José Carrera Fábregas, y la esposa de éste, Clotilde Salomone. Contaba también desde hacía mucho tiempo con un Asilo para ciegos, otra donación del doctor Alonso.

Pasaron casi noventa años. Y de todo lo que describe Areas han desaparecido de Corcubión poco a poco la Administración de Aduanas, la función de Estación marítima sanitaria, los cónsules, una ermita -la de San Roque-, las empresas de automóviles, las fábricas de conservas y de bebidas, todas las de salazón, la actividad de la puntilla y encaje -su confección y comercialización-; los aserraderos de madera, la importante Compañía General de Carbones y sus depósitos flotantes y toda clase de pequeña industria; la casa de Banca de los Miñones, el Liceo de Artesanos, la feria de la Viña/Campo del Rollo, la proyectada enseñanza de Artes y Oficios, el Asilo de ciegos o ancianos... Y nada de lo perdido se ha sustituido.

También dice Areas que había cuatro plazas llamadas de la Constitución, una; otra el histórico Campo del Rollo, otra la plaza de la Vila y la última, la de San Antonio, así como un magnífico paseo público con tupido arbolado a orillamar, la Avenida de Ruíz, que conducía a los jardines de la plaza de la Constitución y a los malecones. La edificación del pueblo era moderna, pero existían, como hoy en día, varias casas antiguas que en sus paredes ostentaban escudos de familias nobles, como el palacio de los Condes de Altamira y otras más modestas, «en cuyos zaguanes -dice Areas-, hasta hace poco conservábase el clásico pilón donde se salaba el pescado cuando esta industria constituía la riqueza principal de Corcubión». Y en lo que a urbanismo se refiere, tenemos que reconocer que las distintas administaciones que gobernaron Corcubión durante estos noventa años supieron conservar un patrimonio urbano que hoy en día es envidia de los pueblos del contorno.

Las industrias que se fueron

«Corcubión tiene un excelente puerto con muelle y un faro en el islote Lobeira. El puerto está resguardado de todos los vientos menos por el Sur, y en el interior de su ría existe un islote llamado Carrumeiro chico. El Carrumeiro grande queda un poco más distante». En su registro marítimo figuraban varios buques de cabotaje y embarcaciones de pesca, debiéndose el mayor movimiento del puerto a los barcos que acudían a surtirse de carbón en los depósitos flotantes fondeados en sus aguas y a cargar carburos metálicos de la fábrica de Brens (Cee) y a la importante, «si no una de las mejores del mundo, Factoría española ballenera de Caneliñas», también de Cee, que exportaban millares de toneladas de sus productos cada año, expidiéndose tanto a puertos españoles como extranjeros miles de toneladas de madera de pino y de frutos de la región.

En Corcubión hoy ya no queda actividad portuaria alguna, trabajo que se ha desplazado totalmente -tanto de la hoy llamada Ferroatlántica como la exportación de madera-, al muelle de Brens, quedando nuestro puerto como testimonio de un pasado laborioso, sí, quizá glorioso, pero sin presente ni futuro. Continúa relatando Areas que la competencia de los nuevos procedimientos de pesca y la emigración obstaculizaron el progreso de Corcubión. «Sin embargo, tarde o temprano, su prosperidad será un hecho. Lo garantizan el proyectado ferrocarril a A Coruña, la feracidad de su suelo, la situación y condiciones excelentes de su puerto, su inevitable unión con la villa de Cee y la incansable laboriosidad de sus habitantes», dice Areas en una reflexión sobre su presente y un deseo, que el tiempo, lamentablemente, negó.

Su visión no resiste el contraste con la realidad, pero sí nos dejó unos puntos de referencia. Desde la Guerra Civil Corcubión vivió en una crisis progresiva y permanente y ninguna política seguida hasta ahora consiguió frenarla. Y sí pierde lo poco que le queda, la capitalidad judicial, ¡adiós muy buenas!

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