La gallega que se mudó a Nueva Zelanda a recoger kiwis

Andrea García / M. V.

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Antía Ulloa en el Parque Nacional de Tongariro, Nueva Zelanda
Antía Ulloa en el Parque Nacional de Tongariro, Nueva Zelanda X

De la radio en A Coruña a dirigir cosechas de kiwis en el Pacífico. La gallega Antía Ulloa cuenta su aventura con la visa «working holiday» al otro lado del planeta, a 20.000 kilómetros de casa

17 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Para Antía Ulloa (Vimianzo, 1996), la idea de cruzar el planeta se presentó casi como un chiste entre amigos. Siempre bromeaba con la posibilidad de marcharse a recoger fruta al otro lado del globo, hasta que un día el chiste se hizo realidad. Siempre le había llamado la atención Nueva Zelanda, pero está tan lejos —a casi 20.000 kilómetros de Galicia— que viajar hasta allí para una visita corta de dos semanas era inviable. Buscó una solución a ese problema de tiempo: mudarse a buscar trabajo allí. Hoy suma ya 11 meses viviendo en Oceanía tras llegar en septiembre con la visa working holiday, que permite viajar a un destino con el fin de trabajar y recorrer el país durante un año.

 Cuando les dio a sus padres la noticia de que se marchaba al extremo opuesto del mapa, la reacción en casa no fue la que muchos podrían esperar. Lejos de llevarse las manos a la cabeza o poner caras de estupefacción, lo encajaron con absoluta naturalidad. Sus padres ya estaban más que acostumbrados a que sus hijas viajaran constantemente; su hermana, sin ir más lejos, llevaba tres años instalada en Australia. «Nos criaron con la libertad de irnos sabiendo que siempre tendríamos adonde volver», relata Antía. Son una familia que lleva la aventura en la sangre.

Este viaje trajo consigo un gran giro profesional, además de personal. Antes de saltar el charco, esta gallega era técnica de sonido en una emisora de radio de A Coruña, un trabajo que la mantenía acostumbrada a pasar jornadas enteras sentada frente a la mesa de control. «Pasé de no tomar apenas el sol a pasar los días enteros al aire libre».

La llegada a su nueva vida fue relativamente «fácil», existen muchos grupos de WhatsApp donde puedes conseguir casi de todo: alojamiento, transporte y ofertas laborales. De hecho, Antía encontró su trabajo a través de uno de estos chats: un mánager de la empresa Pivot (proveedora de la marca Zespri) publicó una oferta y simplemente contestó. Así de sencillo fue encontrar trabajo en las cosechas de kiwis en Nueva Zelanda.

En la plantación ha descubierto secretos de un fruto que en Galicia no le entusiasmaba demasiado, a pesar de que su familia tiene plantas en casa. Allí conoció el kiwi rojo, una variedad superdulce destinada al mercado chino que casi no se ve en España. También ha comprobado lo duro que es el trabajo a destajo: «Quienes recogen la fruta cargan bolsas de hasta 20 kilos a la espalda durante ocho o diez horas seguidas para ganar más dinero». Y cuando la campaña aprieta, no hay tregua: «Nos ha tocado trabajar de noche equipados con linternas para terminar la recogida». Al principio, empezó haciendo thinning, recogiendo las flores y brotes sobrantes para mejorar la calidad y forma de esta fruta.

Ahora se encarga de dirigir a las cuadrillas que recolectan los kiwis, compuestas por trabajadores indios y temporeros de islas del Pacífico como Samoa, Tonga o las Islas Cook. Estos equipos también están llenos de argentinos —algo que ocurre en gran parte del país— y franceses: «Nos obligan a hablar inglés y así pulimos el idioma». Porque, aunque viajó a Nueva Zelanda a aprender inglés, cuando llegó se rodeó de un grupo de 20 argentinos. Los grupos de WhatsApp eran sobre todo de hispanohablantes, por lo que el choque inicial no fue total. Además, el acento británico lo lleva bien, pero reconoce que entender a los neozelandeses del interior le exige un extra de concentración.

Una de las cosas que más le sorprendió a Antía de este país, fue su clima. Aunque es bastante similar al gallego, por sus lluvias y sus temperaturas frías en invierno, «la capa de ozono aquí es más fina, en diez minutos puedes quemarte». Otro de los datos que más sorprende de este lugar es que no hay animales terrestres autóctonos; no vas a encontrarte insectos peligrosos ni serpientes venenosas en medio de la calle como en Australia: «Esto es como Australia, pero sin riesgo de muerte», destaca la gallega. «Los únicos animales que hay son los pájaros». Los demás animales han sido introducidos en el país o bien son animales domésticos.

La cultura del trabajo allí destaca por ser enormemente tranquila, relajada y pausada; todos se toman las tareas con una calma que tal vez responda a ese aislamiento insular: «Los neozelandeses saben cuáles son sus tareas y ellos se distribuyen su propio tiempo para completarlas». Además, se siente plenamente integrada en un país construido a base de inmigración (británicos, asiáticos, latinoamericanos, maoríes e isleños) donde prima el respeto mutuo entre comunidades.

En lo económico, Nueva Zelanda ofrece muchas ventajas. Los sueldos ronda los 3.800 y los 4.000 dólares mensuales (unos 2.000 a 3.000 euros al cambio), lo que le permite ahorrar un poco y tener bastante ocio sin preocupaciones. Esto marca una diferencia con Australia, donde los salarios son más elevados, pero la vida es sensiblemente más cara. Antía bromea acerca de su regreso a España: «No sé cómo me voy a organizar el presupuesto cuando vuelva a cobrar por mes, en lugar de por semana». En este país, se recibe la nomina cada siete días, por lo que es más sencillo organizarse, sobre todo, para pagar el alquiler, que también se abona de forma semanal.

 VIVIR EN DIFERIDO

La distancia con su círculo y la brecha horaria de diez horas respecto a España son, sin lugar a dudas, el peaje más amargo de la aventura. Mantener el contacto cotidiano exige cuadrar los horarios al milímetro. Lo que más le cuesta es «mantenerme al día con los grupos de WhatsApp de mis amigas; ellas hablan cuando yo estoy dormida y cuando puedo contestar igual ya han cambiado de tema», relata la de Vimianzo. Con su familia le resulta más sencillo organizarse para hacer videollamadas y ponerse al día. Lo que más echa de menos de Galicia es algo tan cotidiano como poder quedar con su gente para tomar algo, hablar de cualquier cosa al instante y sentir el abrazo físico de los suyos. En los días en los que asoma la morriña, se consuela recordando que se trata de un aprendizaje temporal y que está viviendo una experiencia única.

En el aspecto gastronómico no sufre demasiado: «No me gusta cocinar», y salir a comer o cenar fuera resulta sorprendentemente económico dentro de un país que no tiene una cocina típica elaborada y cuya oferta se cimenta en la tradición británica, «aunque no son famosos por su gastronomía».

PLANES DE FUTURO

Con la mirada puesta en el futuro, le quedan tan solo cuatro meses de aventura en Nueva Zelanda: «La visa es de un año y la he extendido los tres meses que te permiten; después me echan».Valora la experiencia working holiday como un viaje transformador que te cambia la vida, tanto por dentro, como por fuera. Expande tus horizontes y te enseña a valorar detalles que antes dabas por sentado. Por ello, no duda en recomendárselo a cualquier joven que acabe de terminar la carrera y no sepa muy bien qué rumbo darle a su futuro.

Pensando en su vuelta a casa, tiene claro que no quiere quedarse en España de momento: «Me gustaría vivir en Europa, los Países Bajos o Suiza me llaman mucho la atención». Es una buena manera de seguir ganando experiencias y ahorrar viajando. Define todo lo vivido en este rincón del Pacífico en tres palabras imprevisibles: «Aventura, multiculturalidad y nostalgia».