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Tragedias y anécdotas de una cárcel

Luis Lamela

CARBALLO

Caricatura del juez Ferreiro.
Caricatura del juez Ferreiro.

Crónica de las inundaciones y otros acontecimientos sucedidos en la prisión de Corcubión

29 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Para los que nacimos en Corcubión, la cárcel del Partido Judicial fue siempre parte de nuestro paisaje más cotidiano. De niños, y me remonto a la década de los 50 del siglo pasado, jugábamos a burlar las olas que arremetían contra el murallón que limitaba la edificación con una pequeña playa, en la misma esquina derecha del antiguo muelle, playa que desaparecía completamente con la marea alta. La edificación estaba -está- construida a un nivel inferior (unos dos metros) con relación a las instalaciones portuarias, y en días invernales las embestidas del mar arrojaban agua sobre el vial que separaba la cárcel de la orilla, cayendo sobre el foso e invadiendo el interior de la propia cárcel, circunstancia que desapareció en el momento en el que se amplió el puerto y el relleno alejó el mar.

Esas inundaciones de las instalaciones se producían periódicamente aunque nunca eran traumáticas: el agua nunca llegaba al cuello. Sin embargo, si existieron en épocas más lejanas circunstancias graves que llevaron a las autoridades a construir en 1925 un rompeolas a pie de playa para evitar las inundaciones. No obstante esta solución, a principios de 1926 llegaron nuevamente los fuertes temporales, chocando con furia el mar en el rompeolas, elevándose las montañas de agua a gran altura, cayendo en el patio de la prisión, entrando en las celdas el agua e inundándolas completamente, poniendo en peligro de ahogamiento al jefe de la prisión y a su familia, al vigilante de guardia y a los presos que pedían auxilio a grandes voces en aquellas oscuras noches.

Ramón Lema acudió a los gritos

Y cuando se veían ya perdidos, un vecino próximo, Ramón Lema, Mus, acudió a los gritos. Al ver el cuadro que ofrecía el mar rodeando la cárcel, corrió a la cercana iglesia para tocar arrebato, logrando que casi todo el pueblo acudiese a socorrer a quienes estaban en peligro. Para salvarlos tuvieron que desplazar una chalana que tripularon el propio Lema y un deportista local, Carlos Lago, encontrando a un preso atado a los barrotes de la celda para poder seguir respirando y a otros más subidos a una escalera y a unas mesas colocadas unas encima de otras.

Unos días después volvió a inundarse la cárcel por otro fuerte temporal, acudiendo a los gritos de los presos y del personal de servicio todas las autoridades locales y el vecindario en masa, logrando sacar por el tejado al jefe de la prisión, Manuel Ramos, a su esposa y a la sirvienta, y a los infelices reclusos que fueron llevados después por el juez al Juzgado, en donde pernoctaron aquella noche, distinguiéndose de nuevo en la operación el albañil Ramón Lema.

Pasados los meses, y sin previo aviso, en noviembre siguiente llegó a Corcubión un arquitecto y un alto funcionario de Prisiones con el fin de examinar la situación de la cárcel, revisando todas las dependencias y comprobando la necesidad de reformas. No obstante, en noviembre de 1927, la cárcel pública sufrió de nuevo otras inundaciones sin que se hubiesen llevado a cabo las obras propuestas por los técnicos. Y, así, todos los inviernos hasta la ampliación del muelle, que solucionó el problema muchos años más tarde, cuando ya era penal.

Pero, con independencia de estas carencias, sabemos que el mundo siempre se pone en marcha cada mañana y siempre surgen otras voces, otras caras, otros problemas y otras circunstancias, historias y secretos antiguos de personas que pasaron momentos difíciles en su vida.

El nacimiento de un niño

Así, otro pequeño retrato anecdótico en la antigua cárcel corcubionesa fue el nacimiento de un niño cuya madre estaba detenida en el verano de 1926. Enterado de la noticia del desamparo en el que se hallaba la reclusa, que carecía de ropas para abrigar a la criatura y de padrinos para bautizarle -cosa importante en aquella época-, el juez de instrucción Fernando Ferreiro Rodríguez se brindó para socorrerla junto con su novia María Teresa Miñones.

En el día fijado, los padrinos, con el cura párroco y la comitiva, de la que formaba parte el médico Manuel Miñones, hermano de la madrina, y el jefe de la cárcel que les acompañó a la iglesia, recogieron al niño en la celda, lo bautizaron en la iglesia parroquial, poniéndole el nombre de Manuel Fernando Emiliano Francisco y lo condujeron nuevamente a la cárcel junto a su madre, regalándole los padrinos un precioso equipo y una cantidad de dinero en metálico a una madre, de muy pocas palabras, tímida y de mirada cansada, que les devolvió una cálida sonrisa de agradecimiento, encerrada en aquella húmeda prisión quizás por azares negativos.

Después del nacimiento y del bautismo, la cárcel de Corcubión vivió años más tarde otro acontecimiento singular por una ruptura de reglas y convenios sociales: encerraba a dos reclusos que en 1929 habían huido de su casa -ella menor de edad, con 16 años- de A Ponte do Porto (Camariñas), en una especie de huida hacia delante.

La amartelada pareja había volado de su palomar sin el consentimiento paterno de la menor, y la madre de la chica no quiso perdonar al joven novio mientras no reparase su pecado. Los dos jóvenes contrajeron matrimonio en las instalaciones penitenciarias con asistencia de la madre de la chica y de algunos familiares más, así como de dos hermanos del novio. La desenfadada muchacha había declarado desde el primer momento, sin atisbo de pesadumbre o remordimiento, que fuera ella exclusivamente la inductora de la fechoría cometida por ambos.

En fin. ¿Cuántas pesadillas y tragedias más se vivieron entre los viejos muros y barrotes de la cárcel corcubionesa? ¿Cuántas historias se llevó el viento, el tiempo y el olvido? ¿Cuánta amargura habitó allí a través de los años?... ¿Cuánta?