El viento susurra incesante. Hemos crecido una décima, la décima del clavo ardiendo. Cuando acerquen al Fisterra las corrientes de aire con las vitaminas del 0,1 aquí ya no habrá oxígeno, pues a este rincón todo llega tarde, menos los peregrinos, que vienen con su paso monótono y sus historias de otros mundos y otros países y que les da igual la hora de cumplir su meta. El ferrocarril de las 3C aún no ha llegado, un siglo después. Se quedó embarrancado en los humedales que siempre acaban enfangando las aspiraciones de progreso de la Costa da Morte. Hace un siglo, una empresa, la Sociedad Española de Ferrocarriles Secundarios, iba acometer el proyecto más ilusionante para esta tierra en los albores del siglo XX. El Estado iba a gastar 29,9 millones de pesetas en los casi 100 kilómetros de vía entre A Coruña, Carballo y Corcubión. La compañía tenía cuatro años para ejecutar el proyecto, pero nunca más se supo. La Voz lo denunció hace un siglo, justo. Cien años después, una unión temporal de empresas, la UTE formada por Copasa, Taboada y Ramos, COVSA y CRC, tienen la misión de hacer la autovía de la Costa da Morte. Han hecho el 20% de la obra, pararon su actividad y tienen la comarca abierta en canal, pero no encuentran dinero para continuar. La Xunta les da hasta diciembre para conseguir la financiación. Es el último plazo de la esperanza para que las máquinas reanuden la tarea. En caso contrario, la autovía de las tres comarcas puede quedar como el ferrocarril de las 3C, justo un siglo después, un tren que pasó por la historia de la puntera de Europa. Un lugar al que llegan miles y miles de visitantes cada año, pero para ver, respirar los vientos del océano infinito y largarse de nuevo. Aquí cada vez se queda menos gente. Respirábamos días atrás porque 580 vecinos nuestros habían conseguido trabajo en doce meses. Sin embargo, las listas de la Seguridad Social nos dan con la realidad en las narices: 1.000 paisanos han dejado de cotizar en el mismo período. Se van, o al cementerio o a la emigración. No es lo mismo, pero para esta tierra los efectos son similares. Mientras, nuevos políticos continúan más preocupados por asegurarse el respaldo electoral en los próximos comicios que en fajarse en alentadores proyectos de futuro.
Claro que cada vez lo tienen menos fácil, y peor lo pueden tener si los vientos de cambio en las Administraciones locales van por el camino que amenazan. Si les arañan competencias menos podrán intervenir en el futuro de sus vecinos. Los servicios sociales de la Costa da Morte atendieron 44.000 personas en un año. ¿Qué será de ellas si en el futuro no tienen una puerta próxima a la que llamar? Los legisladores suelen estar demasiado lejos de la realidad, y cuanto más cruda, más lejos fían con sus nuevas normas. Larga ha sido la conquista de la atención social en estos ayuntamientos. Más de dos décadas de pequeños pasos por un camino que se iba abriendo a la medida de las posibilidades. Ahora puede desvanecerse con la disculpa de una crisis que todo lo enmascara.