En absoluto comparto el mantra de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La década de 1960, la de mi adolescencia, fue dura, muy dura. Mi generación caminó por una etapa en la que España iniciaba la salida de la posguerra, un tiempo en el que en lugar de crearse oportunidades se destruían, provocando decadencia paulatina. El progreso conseguido en los años veinte del pasado siglo en pueblos como Corcubión había evolucionado negativamente y las expectativas para los que creíamos ser los sustitutos naturales de dirigentes, empleados u obreros activos en aquel entonces, desaparecieron aplastándonos una realidad miserable que nos empujó a la mayoría por caminos sin brújula ni destinos previstos.
Ante la falta de oportunidades, nuestra generación, como muchas otras antes, se vio en la necesidad de luchar por su propio destino buscando un lugar en el mundo, descubriendo otras realidades distintas, peleando por ser algo e intentando no dejar nada al azar. Tanto los que pudieron estudiar, como a los que no les fue posible, tuvimos un denominador común: unos antes y otros después nos vimos obligados a abandonar nuestros pueblos en busca de horizontes en los que desarrollar profesiones que cada uno podía: en la Marina Mercante, en la emigración europea, en la construcción en ciudades lejanas, en la pesca en las Vascongadas, en la construcción naval en Ferrol o Vigo...
Pasaron los años y llegó la democracia. Entramos en Europa, se crearon nuevas oportunidades y se agrandó la esperanza surgiendo nuevas expectativas. Y como los que se fueron conservaron la necesidad de regresar al punto de partida, fuimos testigos de algunos regresos. Otros, descolocadas las coordenadas de su vida no encontraron ese camino de vuelta y allá quedaron. Y, llegó la crisis y las situaciones de incertidumbre y precariedad generaron un proceso de desmoralización, regresando a las mismas circunstancias de mi generación: paro y falta de expectativas, aunque sin las oportunidades de emigración anterior, descubriendo cincuenta años después algo que no debimos olvidar nunca: que estamos en un país pobre, cutre y corrupto. Que no fuimos capaces de dibujar un horizonte de esperanza para nuestros hijos.
Viene a cuento lo anterior después de escuchar las reflexiones de una madre, con el corazón triste, temerosa de abrirse el abismo bajo sus pies, hablándole a su hijo porque tenía que buscarse la vida lejos del Corcubión. Le decía: «Aquí no tienes futuro y te embarcas en una nueva aventura, no bajes la guardia...» Palabras que me retrotrajeron a la adolescencia, cuando también buscaba el futuro que no encontraba en mi pueblo. Sin duda, en la década de los sesenta, aún vislumbrándose la salida del túnel de la posguerra, estábamos mucho peor. Pero ahora también llegó el estrago del desempleo y la falta de oportunidades y entramos en una espiral negativa aparentemente sin fin. El futuro para la juventud resulta amenazante e incierto y crece la conciencia de no tener nada. Volvemos al blanco y negro con muchas más sombras que grises. Sigue el mal endémico de perderse habitantes en nuestros pueblos, creciendo la frustración y volviendo a las raíces de la emigración con el mismo dolor que los que hace cincuenta años perdieron los campos, los olores, los vecinos y amigos de la infancia, aunque hoy las comunicaciones aligeran distancias.