Llegó el momento de votar. Callado el carrusel de la campaña es la hora del votante en la tranquilidad del colegio electoral y sin más ruido que las conversaciones pausadas de los miembros de las mesas. Se apagaron los micrófonos y los altavoces callejeros de una campaña más bien sosa y con muy poco jugo. Los candidatos reunieron menos gentío que nunca en sus mítines y se lanzaron a los mercados de la comarca a repartir sonrisas, consignas y merchandising político. Cien mil electores tienen derecho a emitir hoy sus papeletas, a las que hay que añadir las 30.000 más que volaron en sobres desde otras lugares del mundo. En la Costa da Morte hay 179 urnas habilitadas y bien vigiladas por miembros de los cuerpos de seguridad del Estado y de las policías locales para que nada altere el tranquilo transcurrir de la jornada. La suerte está echada, pues, en esta fiesta de la democracia. Es hoy cuando el ciudadano, que no suele ser escuchado todo el año, tiene la sartén por el mango y puede decidir por medio de su papeleta. En estas once horas, los políticos están a la suerte de lo que dicte el pueblo, cuya voz caerá a eso de las nueve de la noche con el estruendo de una losa que se precipita desde las alturas como un veredicto inapelable sobre las propuestas escuchadas hasta la saciedad en los últimos quince días.
Un canal que cae a trozos. El Recheo de Cee se cae a trozos. La gran obra de ingeniería se ha convertido en una chapuza que es necesario remendar cada dos por tres a cuenta del erario. El Recheo ceense es un gran fiasco por obra y gracia de una cadena de decisiones erróneas tomadas a lo largo de las últimas décadas por los gobiernos locales, de todos los colores políticos y de todos los partidos posibles, ya que por él pasaron socialistas, populares, centristas, independientes, nacionalistas y nacionalistas expulsados. Este espacio ganado a un juncal y al mar (posiblemente si fuese ahora no lo permitiría la legislación europea) era una gran oportunidad para el pueblo, pero lo han convertido en un totum revolútum urbanístico en el que han metido un hospital que no es posible ampliar porque no hay espacio, una inacabada casa de cultura tapando totalmente el edificio de Hacienda, un mercado a la derecha, un centro comercial del través y otros edificios públicos y privados que las autoridades competentes fueron colocando según iban viendo conveniente pero nunca fruto de una planificación bien estructurada y rigurosa. Al mismo tiempo se canalizaron ríos y afluentes, con el resultado que todo el mundo conoce tras las inundaciones del 2006. Para paliar los efectos de aquel desastre fue necesario invertir seis millones de euros. Y ahora el canal, que se va desmoronando como un azucarillo que se diluye cuando menos recursos tiene el Concello. Ojalá el gobierno local presente y futuro tenga más acierto en dar una salida urbanística razonable a todo el conjunto y al pueblo general. Lo necesitan.