No estamos para mediocridades

Luis García

CARBALLO

Hace unos días conocimos los datos de la Encuesta de Población Activa y vemos que hay poco nuevo, más de lo mismo: el desempleo continua su incremento progresivo y los analistas no vislumbran soluciones fáciles a la situación económica.

Paralelamente, el barómetro del CIS, como no podía ser de otra manera, refleja que la primera preocupación de la ciudadanía es el empleo, pues detrás de las frías cifras del paro hay mucho drama humano y situaciones de precariedad.

Entretanto, la campaña electoral y sus mensajes y promesas, urgidos por el corto plazo y promesas de que la crisis vamos a salir más pronto que tarde, que se va a gestionar mejor, que se van a blindar los servicios básicos, que no va a haber recortes. Los directores de campaña hacer su trabajo: hay que decir lo que la gente quiere escuchar: mensajes de esperanza y de optimismo.

Pero, como se dice, los datos son tozudos y la situación es la que es; lo que procede es asumir la realidad, realizar un buen diagnóstico y establecer un adecuado tratamiento lo menos traumático posible pero que sea efectivo, para tener esperanza.

Con frecuencia se confunde ilusión con esperanza. La ilusión es aquello que nos gustaría alcanzar, como efecto de un golpe del azar. La esperanza, es esperar la consecución de algo a partir de la acción, poniendo esfuerzo en ello. Lleva a la acción, se confía en el trabajo, en el esfuerzo personal, no en la ilusión. Ya lo advertía el genial Picasso «creo en la inspiración, pero que cuando llegue, me encuentre trabajando», pues el hombre de bien exige todo de si mismo, mientras que el mediocre espera todo de los otros. Y no estamos para mediocridades.