Hace 20 años el Anllóns era una cloaca. No había depuradora en Carballo ni en A Laracha ni en Ponteceso ni en ningún lado. La sangre y las vísceras de animales que se vertían desde el matadero animaban de vez cuando el monótono pastiche de aguas fecales en que se convertía el río durante el verano.
En el punto en que el Anllóns se encontraba con el Rosende se podían ver animales mutantes. Truchas enormes que había desarrollado una especie de lana blanca sobre la piel se alimentaban de la porquería que llegaba de un lado y respiraban el oxígeno que venía del otro. Era como ver en directo una película de monstruos japoneses.
La asociación Lumiera publicó unas fichas de actividades para escolares, con la intención de formar a aquellos niños, que hoy son adultos. Se trataba de que aprendieran a amar el río, que lo conocieran para que terminaran respetándolo. Entonces el rescate del Anllóns era una cuestión de vida o muerte. La espina dorsal de Bergantiños se moría. Se moría de verdad.
En este momento, debajo del puente de la carretera de Sísamo el río vuelve a ser el que era, aquel animal moribundo que se deslizaba entre una vegetación podrida y pestilente.
Es verdad que, como dice el tango, veinte años no son nada. Lo que no esperaba es que fueran menos de nada y que estemos como al principio, como antes de que se repartieran por los colegios aquellas fichas de actividades para amar el Anllóns.
Aquellos escolares son hombres y mujeres hechos y derechos y, por lo visto, aún no quieren a su río. O no lo conocen. Si lo hicieran tal vez no hubieran permitido que esté como está. En el más absoluto abandono, aunque el Ayuntamiento o quien sea al que le corresponde limpiarlo no tenga noticias de ello.