Al caer la tardecita, Carballo deja de ser una cara maquillada con sus ocho horas de vida seca. La villa limpia sus bronquios, hace una pausa, robustece sus secretos, respira hondo como para reconocerse, para saberse viva. No vaya a ser que la crisis, el paro y la inflación nos haga sentir invisibles o que la angustia nos clave puñaladas.
Matar el tiempo con los amigos que se agrupan en torno a un mostrador con una chiquita cómplice en sus manos. Es como una suerte de terapia cotidiana, espontánea, mágica, que incita a desprenderse de toda esa mezcla de euforia y de impotencia escondida en algún rincón de nuestros bolsillos. Todos están allí. No falta nadie. Se saludan, se abrazan, se hurgan. Abren sus cerrojos, sus párpados, sus gargantas y dejan correr suavemente el ribeiro con el replay del golazo de Ronaldo o la instancia presentada ante las autoridades para mejorar su nido familiar.
Pero no es un atardecer como tantos. Son tardes especiales tras el misticismo del san Xoán. En la calle hay olor a aguacero, pero dentro es otra cosa, es como si el bar cambiara de colores, va del verde al rojo, del gris al azul, verificando si lo nuevo no es un arrepentimiento de lo viejo mientras la cunca va y vuelve...
Y es que los bares de Carballo son como casinos mercantiles, tienen un encanto especial, atrayente y llamativo que hace el diario milagro de que cuando uno sale de trabajar, con el crepúsculo y sin saber por qué, se mete adentro de forma irremediable. Y ese encanto forma ya parte integral de la historia de cada bar de Carballo, donde se suman generaciones y hasta cada uno tiene sus propios muertos.
Pero, además, nuestras tabernas poseen la enorme condición de aflojarte, porque allí se da cita mucha gente inteligente, filósofos analfabetos, sesudos doctores, iluminados poetas, desmesurados troiteiros o sagaces cazadores, pero muy pocos Premio Nobel. Casi ninguno. Tal vez porque el mediono imprime parcas académicas.
Es una pérdida de tiempo, claro, pero una pérdida de tiempo con la que estamos comprometidos y que, además, admitimos. Cosa del diablo esta de acodarse al mostrador y empinar la cunca hasta llevar la vida a su más minuciosa ficción, sacarla a pasear entre las paredes de O Mexillón, A Pedra y tantas otras tabernas acumuladas de vivencias hasta el punto de que ya transpiran cifras y nombres que cabalgan en el péndulo del tiempo. Vida e incienso con la historia grabada en sus viejas paredes. Raza, vid y cultura... una concatenación de ideas, un proyectarse sutil y misterioso.
Así son nuestras tabernas, engrilladas a la historia de Carballo con sus esencias y sus pecados, con sus paredes añejas donde se apagan las sombras y las carcomas y donde la razón de la amistad aún perdura por la gracia de Dios. Así se conducen nuestras vidas cotidianas, con la complicidad de nuestras tabernas.