La belleza a la medida de sus pasos

X. A.

CARBALLO

Los participantes en la ruta de senderismo del Concello de Vimianzo visitaron el pasado fin de semana algunos de los mejores paisajes de la Costa da Morte

16 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El camino se hace al andar y al mirar la senda se pueden ver paisajes de excepción. Así medio parafraseando al poeta es lo que se puede decir de las rutas de senderismo que organiza el Concello de Vimianzo. El pasado fin de semana hubo una nueva salida, de nuevo muy bien preparada por el equipo de deportes. El trayecto parecía, en principio, un poco largo, pero valió la pena. Los participantes pudieron ver algunos de los parajes más bellos de la Costa da Morte. Con decir que transcurría entre la capital de Soneira y el cabo Vilán puede entenderse. Pero hay que ir por partes.

La salida estaba para las diez, aunque la demora de algunos de los inscritos alargó la partida en diez escasos minutos. La expedición continuó por Casais hacia Calo. Cuando ya estaba próxima la campana de la iglesia de san Juan, la columna torció hacia Pasarela. La Pena Forcada quedaba enhiesta allá en lo alto a la derecha. El grupo se adentró en la que no hace mucho los jóvenes del lugar llamaban república independiente de Pasarela y pasó por delante de la escuela, que se construyó con dinero de la emigración.

La comitiva siguió en dirección a la zona del alto de Rascabolos. Las figuras de piedra que el tiempo fue grabando en los penedos iban siguiendo con su mirar el paso de los caminantes. La marcha transcurría tranquila, seguida a distancia por los omnipresentes miembros de Protección Civil, mientras el técnico de Deportes, Víctor Santos, y sus colaboradores cuidaban de que nadie se despistase ni sufriese percance. Todo estaba muy calculado, incluso la hora de llegada a los lugares. Solía producirse con total precisión.

Como casi sin quererlo el grupo se plantó en los bolos de Sabadelle. Los esperaba una pequeña curiosidad, el mal olor que desprendía un delfín muerto sobre las rocas lamidas por las aguas del Atlántico durante milenios.

La siguiente parada, aunque breve, fue al pie del museo de Man. Algunos aprovecharon para hacerse fotos con las figuras que dejó el Alemán. La ruta continuó a orillas del mar hasta Arou. Las aguas estaban calmas e invitaban a darse un chapuzón, pero no se podían trastocar los planes de la expedición. Así, todos siguieron por el flamante paseo hasta el mirador, donde tuvo lugar la comida. Algunos incluso llevaban café. Otros prefirieron tomarlo en uno de los tres bares de Arou. Esperaba aún un largo trecho.