Transcurrieron ya tres años del crimen que costó la vida a Gerardo Martín Rey, tres jóvenes están en la cárcel, pero todavía no está claro cuál fue el autor material
14 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El pasado 3 de junio se cumplía el triste aniversario del asesinato de Gerardo Martín Rey Pose, un malpicán de 24 años que falleció en una carretera de Ponteceso, durante un asalto, de un disparo en la cabeza.
Ese día Rey Pose llevaba a casa a una amiga, Tania Botana, después de que ambos terminasen sus respectivas jornadas de trabajo. Él la recogió en su nuevo Seat León para acercarla hasta el hogar familiar, en Valenza (Coristanco), pero él no llegaría porque la muerte se cruzó en su camino.
A la altura del lugar de Pontedona -en el límite municipal entre Coristanco y Ponteceso- un Opel Kadett adelantó al Seat León y se cruzó en la carretera cortándole el paso al coche que conducía Gerardo Martín Rey. Del Kadett salieron dos hombres con medias en la cabeza. Uno llevaba una pistola y el otro una navaja. El del arma blanca se dirigió al asiento del copiloto, donde estaba la chica, y rompió la ventanilla con el mango, el otro enfiló hacia el conductor. Le pidió el dinero que llevaba encima, pero no le dio tiempo a buscarlo, porque remató su petición apretando el gatillo. Un tiro en la cabeza acabó con la vida del joven.
Los del Kadett se dieron a la fuga y quemaron el coche después, a unos kilómetros de distancia, para eliminar pruebas. Tania avisó a su familia y a la Guardia Civil.
Larga investigación
Los autores del crimen no fueron fáciles de localizar. La Guardia Civil necesitó doce días para dar con ellos. Fueron detenidos en sus viviendas de O Sixto y el Monte do Carme en una espectacular operación en la que participaron cerca de 80 agentes. Iván Añón Botana, entonces con 20 años, y los hermanos Rogelio Botana Blanco y José Francisco acabaron en Teixeiro acusados el brutal homicidio.
Pero la investigación no fue fácil. El coche quemado en el que huyeron dejó pocas pruebas y no fue sencillo reconstruir lo que los tres hicieron esa noche ni dar con las evidencias que los responsabilizaba del crimen. Ellos siempre negaron su implicación.
Al parecer, el Opel Kadett lo habían robado la noche del asesinato en Carballo y con él se habían acercado, armados con la pistola, a un bar en las Torres de Mens para asaltarlo. Estaba cerrado y sus propietarios, desde el interior, se negaron a abrir pese a las amenazas. Irían después a Ponteceso con el mismo fin, pero en la cafetería que querían asaltar había demasiada gente, por lo que desistieron. Frustrados los dos golpes, las pagaría Gerardo Martín Rey en el tercero. No tuvo ni una oportunidad, no pudo ni abrir la boca. Un tiro a bocajarro acabó con su vida en el asiento del coche.
Faltaba demostrarlo todo. En la investigación, la Guardia Civil encontró restos de sangre de la víctima en la vivienda de Iván Añón Botana. Fue suficiente para acabar con él en prisión provisional después de que el ADN lo delatase. Mejor suerte tuvieron los otros dos acusados, que quedaron en libertad provisional, haciendo sus vidas con sus respectivas familias prácticamente durante los dos años que pasaron hasta que se celebró el juicio, en octubre del año pasado.
La acusación entendía la dificultad de la identificación de los culpables de un delito cometido de noche, sin testigos -la chica apenas recordaba nada- y por hombres con la cara tapada. Pidió 28 años para cada uno de los tres acusados, pese a que fue uno el que disparó y a que otro se quedó dentro del Kadett.
El juez deja claro en su fallo que fuese quien fuese el autor material del asesinato, era indiferente a la hora de imponer una condena: «No es relevante determinar de manera precisa el papel desempeñado por cada uno de los tres en cada momento, sino que basta con apreciar que existió una concertación inicial para el reparto de papeles ejecutivos distintos en cada fase del iter delictual, que hace incuestionable la idea de la coautoría, al margen del acto concreto ejecutado por cada uno de ellos en cada momento», dice el fallo.
Ayudó en la investigación que Plácido Boullosa Traba, vecino de Fisterra, advirtiese a la Guardia Civil en octubre del 2006, después de búsquedas infructuosas, de que podía entregar el arma homicida. A él le cayeron dos años por encubrimiento, después de decir que fueron tres hombres los que le dieron el arma, pero no los tres acusados.
El caso quedó así cerrado, pero no resuelto en todos sus aspectos. Los tres negaron siempre su autoría, aunque las pruebas presentadas determinaron su presencia en el lugar de los hechos. La sangre de la víctima en el domicilio de Iván Añón tampoco deja lugar a muchas dudas. Pero tres años después sigue sin estar absolutamente claro quién fue el que apretó el gatillo en la carretera de Ponteceso. Los tres pagarán por ello durante 27 años si los recursos presentados por sus defensores ante el TSXG no logran que los jueces cambien el primer veredicto.
En el Supremo
Los tres acusados están la cárcel, pero el proceso sigue su curso. Cuenta el abogado de Iván Añón que actualmente el caso está en el Tribunal Supremo. Persisten, dice el abogado, dudas razonables sobre aquel suceso.
Una de ellas atañe al autor del disparo, ya que tres años después del crimen sigue sin estar claro quién lo hizo. Otro de los puntos flacos tiene que ver con los testigos. Solo la acompañante de Gerardo Martín Rey vio lo que ocurría en aquella carretera de Ponteceso, y lo que ella misma confirmó haber visto fue a dos personas con medias en la cabeza, una a cada lado del coche, y no a tres.
Las pruebas aportadas no dejan lugar a muchas dudas y parece claro que los culpables de aquel brutal asesinato están pagando por ello. Siempre lo han negado y siempre quedará la duda de la autoría. Al menos hasta que alguno se decida a contar qué fue lo que pasó.