Violinista cubano, profesor en el Conservatorio de Carballo y miembro de Luar na Lubre, posee una sólida formación. Llegó a Galicia por amor
06 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Eduardo Coma, nacido en octubre del 67, es cubano de Camagüey, la ciudad de los Tinajones. Así es como se conoce esta bella localidad del centro de la isla, donde la sequía se combate con sistemas de aprovechamiento del agua de lluvia que, desde los techos, derivan hacia las grandes tinajas de barro semienterradas. Cuenta la leyenda que quien bebe de esa agua o se queda a vivir allí o volverá siempre.
Eduardo bebió bastante de pequeño y adolescente, y seguramente volverá muchas veces, pero de momento vive en Galicia, y ya va para los 14 años. Llegó por amor, y el trabajo también le ha acompañado, así que está a gusto, feliz.
Fue en Camagüey donde, ya de muy niño, despertó su vocación musical. Con los gongós, pequeños instrumentos de percusión, y con las enseñanzas de su abuelo. Lo del violín ni lo había pensado, lo suyo era claramente la percusión cubana, pero le ofrecieron el instrumento de cuerda en la escuela de arte, vio que se le daba bien, le gustó y comenzó a estudiarlo. Fueron 16 años en tres ciclos, con un plan de estudios muy exigente. «En Cuba, la disciplina es muy recia. A los que no eran buenos los echaban de la escuela, porque otros esperaban para entrar, y como era gratuito... Había que aprendérselo todo y no podíamos suspender».
En la disciplina le ayudó la educación paterna, militar de carrera. En la alegría musical, la que tenía el abuelo y la que había por las calles, con las radios conectadas desde por la mañana, con mucha música en el ambiente. «Si a los niños les das mucha alegría sin más, se dejan ir, y si todo es disciplina, serán muy rígidos. Yo aproveché los dos factores».
Al acabar el ciclo medio, y antes del superior, le tocó cumplir los dos años de servicio social dando clase, que en su caso se quedaron en uno dando clase en Guantánamo. Fue toda una experiencia, irse lejos de casa por primera vez. La primera gran experiencia de las muchas que la música le habría de proporcionar. Después empezó la carrera profesional. Tocó en la orquesta de Cámara de La Habana, la Camerata Brindis de Sala, muy famosa, y en la Sinfónica Nacional de Cuba.
En una gira por España, hace 15 años, en Granada llamaron a su puerta. Le ofrecieron trabajo. Pidió permiso y se lo dieron, y pasó un año enseñando en la ciudad andaluza.
Después llegó el amor. Conoció a Rita, de Sigrás, se casó con ella y se vino a Galicia en el 94. Casualmente, ella ayer estaba en Cuba, y de cumpleaños.
Ciclo vital
En Galicia comenzó un nuevo ciclo vital y laboral que no le ha ido nada mal. Alternó la clásica con la popular. La más singular fue, tal vez, la que le proporcionó un ex músico de los Tamara, gracias al que llegó a una orquesta. «Eso enseña mucho, sobre todo a apreciar mejor lo que puedes ganar después». Dice, orgulloso, que nunca ha perdido un empleo, en buena medida porque cuando lo tiene se implica al máximo. En su caso, añade, es fácil, porque le apasionan la música y el violín. «Cuando tocas te olvidas de todo. Y yo amo este instrumento».
Además de la orquesta, en la que junto a sus compañeros tocaba muchas noches hasta las cinco de la mañana con apenas un par de personas en el campo de la fiesta, Eduardo formó parte de Presto Vivace, una agrupación que recorrió infinidad de colegios, llevando la música a los escolares a través de los conciertos didácticos. Siempre «con mucho agrado, sacando provecho a todo lo que se hace. De todo se aprende».
El gran cambio de su vida musical llegó gracias a Luar na Lubre, uno de los principales grupos folk de Galicia y de España. Empezó en enero del 2000, aunque ya antes había colaborado esporádicamente. Está encantado, y se le nota. «Es una experiencia muy buena. Somos una gran familia, solo con mirarnos ya sabemos lo que queremos decirnos, en el plano musical y en el personal. Pasamos juntos tanto tiempo que nos conocemos perfectamente. Tocamos, viajamos, conocemos gente y lugares que de otro modo no podríamos, te aplauden y además te pagan. ¿Cómo no estar contento?».
Luar na Lubre absorbe gran parte de su tiempo, sobre todo cuando llega la temporada de verano, pero en su vida hay muchas más ocupaciones. Una de ellas, el quinteto Cimarrón, integrado por músicos cubanos que interpretan, sobre todo, música cubana, con géneros como la contradanza, el danzón, el son o la guajira.
Otra es la parte docente, la que le trajo a Carballo hace ya dos cursos, tras ser seleccionado como profesor de violín. Salió la plaza, un «gran amigo» lo llamó y obtuvo el puesto. No solo se dedica a enseñar la técnica, va un poco más allá: «Intento que los alumnos le cojan gusto y le dediquen tiempo al violín. Les digo que hay que tener paciencia y dedicación. Cuando algo no sale no hay que desmayarse, al contrario, hay que seguir insistiendo. Si otros lo han conseguido, ¿por qué no voy a lograrlo yo? Es necesario avanzar poco a poco».
Esta cautela, prosigue el músico, choca a veces con el entusiasmo de los jóvenes músicos, que quieren lanzarse ya a interpretar cuantas más piezas, mejor, sobre todo en los actos abiertos al público en el Pazo da Cultura como los que se han celebrado esta semana.