Las riadas del 2006 supusieron el inicio de una serie de obras que levantaron el casco urbano y que tocan a su fin
09 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En octubre del 2006, en Cee llovió mucho. Tanto que las calles se convirtieron en ríos y los garajes en piscinas. Aquello pasó y el agua acabó por evaporarse, pero dejó unas secuelas de las que la localidad todavía no se ha recuperado.
Tras el agua, los vecinos de Cee iniciarían un largo viacrucis cuyo final empieza por fin a vislumbrarse. Las riadas dejaron en evidencia que el Recheo era una zona mal diseñada. Y hubo que volver a empezar a construir un sistema capaz de aguantar un chaparrón.
Desde entonces y hasta ahora se han instalado ya más de mil metros de canalizaciones subterráneas, obras que, lógicamente, afectaron muy seriamente a la superficie. Durante todo los dos últimos años algunas calles de la localidad dejaron de serlo. La del callejón de Madriñán se convirtió en un lodazal con un río al descubierto hasta hace bien poco. Ahora, por fin, las aceras vuelven a existir y hasta es posible que pronto lo haga el asfalto.
Menos maquinaria
La travesía fue larga y dura, pero los ceenses por fin empiezan a percibir que su localidad recupera la normalidad, aunque aun les quedan varios meses de convivencia con las máquinas. Ahora, al menos, la villa está dejando poco a poco de ofrecer la sensación de pueblo en obras. Y es que a las molestias de las obras de las riadas se le sumaron también las de la construcción de la nueva plaza del Concello.
Así, atravesar el casco urbano fue un suplicio para los vecinos que lo intentaban. Más en días de lluvia, cuando el barro y los charcos hacían evocar al caminante los tiempos previos al asfalto. Ahora la plaza del Concello, todavía inacabada, luce de otro modo. Las nuevas farolas, los bancos y las zonas verdes muestran un rostro más amable. Además, en el entorno de la plaza han ido surgiendo nuevas calles. La primera en abrirse, la une la avenida Fernando Blanco, casi a la altura del cruce de Roget, con el mercado.
Se trabaja ahora en otra vía que conecta la calle de la Calzada con la paralela y también en la recomposición del maltrecho callejón del lavadero de Madriñán. Además, los peatones que circulan entre la plaza del Concello y la avenida Fernando Blanco a través del callejón del Gadis, ya no tienen que encomendarse a nadie para salir indemnes de tan breve travesía. El cemento pulido ha sustituido a los charcos y al lodo.
Faltan los detalles
Queda todavía una parte importante por hacer, pero se espera que en cuestión de unos meses la memoria de los ceenses pueda empezar a borrar las imágenes de las excavadoras.
En la plaza quedan los huecos preparados para las fuentes y las esculturas previstas. La glorieta del mercado ya no es un agujero en la suelo y va tomando forma su final. Muchas jardineras muestran todavía la tierra desnuda, pero pronto se cubrirán de verde. El buen tiempo, además, ha permitido que las primeras terrazas ocupen el recién inaugurado pavimento de granito, ofreciendo de nuevo un rostro humano en un centro urbano que había perdido toda su humanidad.
Parece, sin embargo, que la espera ha valido la pena, aunque queda siempre la duda sobre si realmente hacía falta tanta espera. La plaza del Concello ha cambiado su aspecto de aparcamiento de polígono industrial por otra dominada por la piedra y con más espacio para los coches que para las personas, lo que se echaba de menos. La piedra, además, se ha extendido poco a poco por el casco viejo y hay presupuesto para que siga su expansión. Dominará también parte de las vías que desembocan en la plaza del Concello, contribuyendo a humanizar su aspecto.
Este verano, los que lleguen a Cee ya no tendrán la sensación de entrar en una localidad asolada por una catástrofe y los vecinos podrán guardar las botas de agua y usar calzado normal para salir a la calle.
Para alcanzar ese resultado hicieron falta 4,5 millones de euros en canalizaciones y más de 1 millón para adecentar la superficie.
Las deudas pendientes con los vecinos empiezan a liquidarse, aunque aun falta la de la casa de la cultura, que diez años después aún no tiene fondos para su finalización definitiva.