Ruth Matilda por tierras de Soneira

CARBALLO

La fotógrafa norteamericana visitó en 1924 la Costa da Morte y se paseó por Fisterra, Cee y Corcubión, llegando en un segundo viaje a Muxía, Vimianzo y Camariñas

04 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

En 1924, después de haberse pasado unos días entre Ézaro, Cee y Fisterra, la fotógrafa norteamericana Ruth Matilda Anderson regresó a A Coruña a pasar una temporada.

Llegó a Galicia trabajando la Hispanic Society of America, con el objetivo de recorrer tierras españolas con su cámara de fotos, sacando imágenes para documentar el país. Galicia fue una de sus paradas, y allí hizo un trabajo que no llegó a completar. Sólo vio la luz el volumen dedicado a A Coruña y Pontevedra, en Nueva York en 1939.

Ruth Matilda viajaba con su padre por la Galicia de entonces. Corría noviembre, en pleno veraniño de San Martín, como recuerda la autora en su libro, Gallegan provinces: La Coruña and Pontevedra , cuando los dos decidieron subirse a un autobús y dejar la capital provincial para visitar Muxía.

No paró en Carballo, pero de Bergantiños guardó sobre el papel sus impresiones del paisaje contemplado seguramente por la ventanilla. De la comarca escribió: «Conserva los más vivos recuerdos y las huellas más vivas de sus orígenes celtas».

Con su cámara a cuestas, llegó a Berdoias para enfilar hacia Muxía a través de un paisaje granítico que le impresionó.

Y en Muxía, claro, visitó el santuario de A Barca. Allí tuvo lugar un encuentro crucial que vale la pena transcribir por completo: «Fuera de la iglesia de nuevo, nos encontramos con un muchacho que llegaba casi sin respiración. Tenía 14 años y era un ardiente fotógrafo deseoso de entablar conversación con un colega de profesión».

Aquel joven ardiente y locuaz fotógrafo era una figura bien conocida en la comarca y que llevaría la cámara colgando del cuello durante la mayor parte del siglo XX: Ramón Caamaño.

El joven Caamaño llevó a su casa a los dos forasteros, que conocieron a su madre, patrona, como dice Anderson, de palilleiras. La mujer daba los hilos y recibía los trabajos ya finalizados por las artesanas locales, trabajos que mandaba a su padre, emigrado en Cuba, donde los vendía.

La madre de Caamaño, cuenta Anderson, los recibió en casa muy amablemente y les permitió estudiar con detenimiento cuantas piezas de encaje quisieran. De algunas de ellas se llevó las imágenes guardadas en los negativos.

Fue la madre de Caamaño la que le contó que, en un buen año, el encaje que salía de la Costa da Morte para venderse fuera podía generar una facturación de 2 millones de pesetas. Una cantidad muy respetable en los años 20.

Anderson se interesa por el encaje y en su estadía en Muxía, Camariñas y Vimianzo se harta de ver mujeres palillando casi en cada esquina.

En Muxía acude, de noche, a una casa en la que palillaban, en grupo, varias mujeres. El paseo hasta ese lugar lo hacen con una guía, porque en la Muxía de entonces no había ni alumbrado público ni pavimento en las calles. «¡Dios mío!» y «¡Ay madre!», cuenta Anderson que gritaban las de Muxía cuando les quiso hacer la foto. Después de los flashes se pusieron a cantar alalás.

Conoce también A Barca y hasta se acerca con el cura a la Pedra de Abalar. «¿Por qué una iglesia en una costa tan imposible como esta?» se pregunta.

En Vimianzo quiso ver costumbres propias y artesanía, hasta que la informaron de que no había. Entonces se dedicó a recorrer las casas, empezando por el castillo, cuyo propietario, un marqués que lo había adquirido recientemente, no duda en explicarle que la fortaleza databa de los tiempos de los Cíclopes y Carlomagno. La que duda de tales datos históricos en las norteamericana, que también estaría en las Torres do Allo, a las que percibe como «de apariencia plomiza» y en el pazo de Trasariz, que le agrada bastante más, aunque sus propietarios no le permiten curiosear tanto como quisiera.

Poco tiempo pasa en Vimianzo antes de partir hacia Camariñas. Por la carretera se sorprende de encontrar una familia haciendo la matanza al lado del camino.

Lo que ya no le sorprende es seguir encontrando palilleiras, porque las hay por todas partes. Con buen tiempo, las mujeres tejen fuera de casa.

Le gustó la localidad, pequeña, de casitas soleadas entre la arena de la playa y los pinos. Y claro, allí visitó también un taller de encaje: «Comparado con el grupo de mujeres de Muxía, estas parecen mejor hechas y con unas voces más elegantes, y también mucho más aburridas: el palillo es monótono y los maridos difíciles de encontrar», escribe Anderson, quien recuerda que los hombres de Camariñas estaban buscándose la vida en Brasil, Argentina, Cuba y Norteamérica y que casi no había varones en el pueblo.

Halagadas por el interés de la fotógrafa, las palilleiras abren un armario para mostrarle una de sus mejores obras, una gran colcha: «Expresé mi admiración con los adjetivos más expresivos que conocía, esperando poder ocultar mi depresión al ver tanto trabajo desperdiciado en un diseño con tan poco encanto». Se mordió la lengua, pero sí encontraba artísticas piezas más pequeñas que tejían las palilleiras.

Se fue de Galicia poco después. Y con morriña de «esa pequeña tierra mágica» que inmortalizó con su cámara.