Llegó a Galicia haciendo el Camino y se quedó seis meses para limpiar el chapapote de la costa
12 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.El catalán Josep Figueras, uno de los primeros voluntarios que llegó a Muxía tras el desastre del Prestige , hace casi cinco años, está a punto de publicar un libro en el que narra su experiencia -estuvo seis meses en la localidad- y la de sus compañeros, que durante meses y meses lucharon para limpiar el chapapote que llegó a las costas de la comarca. El libro se titulará Mareas negras. Mareas blancas y se presentará en Muxía el próximo 7 de diciembre. -¿Cómo surge la idea de poner por escrito la experiencia de los voluntarios del «Prestige»? -Fue una experiencia personal que marcó mi vida y la de mucha otra gente. Cuando el Rey visitó Muxía, el 2 de diciembre del 2002, y se paró a hablar conmigo, adquirí un protagonismo no buscado y eso hizo que mi implicación se prolongase varios meses, durante los que conocí a mucha gente luchadora. Manuel Rivas y Suso de Toro me dijeron que yo tenía una memoria histórica de lo que había sido la vida en la zona cero y que debía escribirlo para que no se olvidase. -¿Qué sensación tenían los voluntarios en Muxía? -Yo llegué a Muxía haciendo el Camino de Santiago. Llevaba casi 90 días caminando y casi después de 2.000 kilómetros vi como el petrolero estaba arruinando el pueblo. Fue una realidad muy difícil de digerir, porque había como dos velocidades: por un lado parecía que no había pasado nada y, por otro, mucha gente se movilizó. A muchos nos sorprendió que la gente de Galicia no se volcase más. -Pero ahí estuvo el movimiento Nunca Máis. -Afortunadamente, este movimiento, dio voz a mucha gente que quería expresarse, pero no encontraba cómo. Gracias a la bandera de Nunca Máis la gente salió a la calle. -¿Qué hizo que se quedase durante seis meses? -La conciencia. Estaba en el monasterio de Sobrado dos Monxes cuando vi el tema del Prestige por la televisión. Fue como un mensaje. Todavía no se hablaba de desastre, pero algo me dijo que tenía que acabar en Muxía y no en Santiago. Cuando llegué tuve la necesidad de echar una mano. Tenía la necesidad de expresar mi indignación por lo que estaba sucediendo, me fui unos días y cuando vi que había una Galicia luchadora volví a Muxía con la moral reforzada. -¿Qué le dijo al Rey cuando habló con él? -Yo sabía que iba a venir, pero como intuía que no me podría acercar a él, le escribí una carta en la que plasmaba lo que muchos voluntarios pensábamos, que nos faltaban medios, que nos faltaba organización, que creíamos que el ejército tenía que estar allí... Eso permitió el acercamiento y después me di cuenta de que me había convertido en el portavoz involuntario del voluntariado y moralmente vi que podía movilizar a mucha gente y no me podía ir de Muxía. Me involucré como jamás pensé que me involucraría en nada.