Si no hay fuego no hay fiesta

Juan Ventura Lado juanventura.lado@lavoz.es

CARBALLO

19 ago 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Una cita obligada. El San Roque de Mira, en Zas, es una de las fiestas con más tradición de toda la comarca, y la capilla, situada en lo alto de la parroquia y a la que se accede a través de una gran escalinata, es un lugar de peregrinación obligado para todos los devotos cada 24 de agosto.

La bendición del pan y de la tierra son los actos simbólicos más destacados de la celebración, que este año va a contar además con las actuaciones de Chaston y Nova Palma. Los cofrades y sus invitados se reúnen a comer a la sombra de los castiñeiros y bidueiros, mientras los organizadores les reparten el pan que ha sido santificado. En estas tareas y en todo lo que tiene que ver con las fiestas los que ponen el trabajo desinteresado y su experiencia de años son Braulio García Castro, María Albina Freijeiro y Luis Ramón Mata. Entre los tres forman una comisión de fiestas que lleva mucho tiempo ocupándose de hacer posible que sus vecinos disfruten de la tradición. Su labor incansable fue crucial para la construcción de las escaleras que hacen más llevadero el ascenso hasta la ermita. Las obras se hicieron el año pasado y permiten una subida más relajada para aquellas personas que antes no se atrevían a acudir a la romería a causa de la pronunciada pendiente.

La clave de la fiesta. Puede faltar la música, la procesión e incluso, si nos ponemos extremistas, la misa solemne, pero sin bombas de palenque no hay fiesta. En cualquier lugar o parroquia de la Costa da Morte, cada vez que se celebra alguna festividad el estallido de los foguetes es una banda sonora obligada.

La tradición indica su lanzamiento por diversos motivos. En las villas marineras, como Muxía por ejemplo, las bombas recuerdan a las salvas de cañón que se disparan en honor de la Virgen, 21 concretamente. En otros lugares, las estallidos claman por la fertilidad de los animales y en la mayoría simplemente recuerdan que es el día del patrón o que ha llegado el día señalado de la fiesta de la parroquia.

El fogueteiro. Naturalmente, para que todo esto pueda llevarse a cabo hace falta una figura clave, el fogueteiro, ese personaje que recorría los lugares de la comarca ofreciendo sus servicios como artificiero. Normalmente, este personaje solía ser el mismo que comercializaba los explosivos y que al mismo tiempo los hacía estallar. En la actualidad, el oficio como tal prácticamente no existe, a excepción de los pirotécnicos que se dedican a labores un poco más complicadas, como puede ser el diseño de espectáculos de fuegos artificiales. De tirar las bombas de palenque se suele encargar algún vecino más o menos avezado. Aunque el manejo de los explosivos pueda parecer sencillo, entraña sus riesgos y exige mucha pericia por parte de quien los dirige hacia el cielo. Más de una romería tiene acabado en tragedia o al menos en susto generalizado a causa del estallido descontrolado de una bomba o incluso del paquete completo. Quién no conoce a alguien que haya sufrido algún serio percance con las cartuchos sin explotar a causa de su curiosidad infantil.

Etnógrafo pluriempleado. En la Mostra da Olería de Buño, que cierra hoy sus puertas, de los foguetes se encargaron Francisco Doval y Francisco Calvo Bouzas. Doval ejerció como pluriempleado, ya que, además de ser el principal etnógrafo e impulsor de la Mostra, también le tocó ser el segundo de abordo de Calvo y sujetarle el fuego mientras éste se encargaba de su lanzamiento. Para llevar a cabo tan crucial labor se armó de valor y, con el cigarro en la boca, fue pasando uno a uno cada uno de los foguetes. Doval, ataviado con guantes de faena y con la mecha de rigor, de esas que ya no quedan, se subió encima de un muro próximo al Forno do Forte y empezó a llenar el cielo de pequeñas motas de humo blanco que anunciaban el espectáculo con su ruido atronador. Puede que algunos transeúntes desconocieran el motivo concreto, pero lo que quedaba claro para todo el mundo era que allí había fiesta.