Un fisterrán contra el ejército inglés

Reportaje | Una familia marcada por la guerra de las Malvinas Manuel Olveira, fisterrán, murió en la guerra de las Malvinas y se convirtió en héroe. Su sobrino luchó con él en el conflicto y vive hoy en la Costa da Morte


e. e. | cee

Nada permite pensar a quien entra en el bar Traba, en Fisterra, que se interna en un territorio marcado por una guerra lejana, absurda y casi olvidada. Atiende un fisterrán, José Manuel Martínez Olveira, con su hermana y sus cuatro hijos. José Manuel parece lobo de mar. Y lo es. Pero es algo más.En 1982 su tío, Manuel Olveira, perdía la vida luchando con el ejército argentino contra los británicos por recuperar las islas Malvinas. Su barco se hundía una noche, a las cinco y media de la madrugada. Hora y media antes había estado con José Manuel que, desde otro barco, participaba, como voluntario, en la misma guerra. La historia empezó en los años 50, cuando el padre de José Manuel Martínez hizo las maletas, como tantos otros, en busca de un trabajo y de una vida mejor en la América de las posibilidades. Era marino y esa misma profesión ejerció su hijo, que a los doce años, en 1960, partió de la Costa da Morte con rumbo hacia la deslumbrante Buenos Aires. A los 15 años trabajaba ya en un barco. Y toda la familia se fue para allá. José Manuel Martínez y su tío se dedicaron a la marina mercante. Ambos trabajaban en la empresa Servicio de Transportes Navales. A bordo de mercantes conocieron las Malvinas -Falklands para los ingleses- a las que llevaban ganado y suministros. Hasta ahí todo bien, todo normal, como tantos otros hombre de mar de la Costa da Morte. Pero en 1982 estalló la guerra. La compañía se vio afectada por la marina de guerra argentina. Su tío Manuel se acababa de comprar una televisión en color para ver en casa, desembarcado y tranquilo, el Mundial de Fútbol de España. Pero no iba a poder hacerlo. A bordo del Isla de los Estados se fue a servir al país austral. Su sobrino, José Manuel Martínez, se enroló también, voluntario, en otro buque. -¿Usted vio aquel documental en que aparecía un hombre quemando una bandera inglesa en las islas Georgia? Pregunta José Manuel Martínez tranquilamente sentado en su local de Fisterra. -Pues era yo. ¿Y por qué un fisterrán se embarca voluntario en una batalla como la de las Malvinas? «Estaba peleando por la tierra de mis hijos. Me encantaba. Yo les debía algo», cuenta. El pago por los servicios no fue equivalente a tanta entrega: «Me pagaron con una patada en el culo», cuenta. A bordo de un mercante huyó de una fragata inglesa rumbo a la Antártida, para acercarse después a Puerto Belgrano y al fin a las Malvinas en guerra. «Salí de casa el 23 de noviembre y volví el 14 de julio», cuenta. El día que hundieron el barco de Manuel Olveira, estuvieron juntos. El barco del tío cargaba combustible al lado del del sobrino. Hora y media después se fue a pique. Durante cuatro largos días buscaron a Manuel Olveira. Sólo encontraron un cadáver que no era el de él. Pronto su barco correría la misma suerte. Hasta los dieron por muertos. Pero no fue así. «Viví tres meses en un pozo», cuenta José Manuel Martínez. Él y la tripulación se salvaron. El barco quedó semihundido, y a él acudían, de noche, para no ser vistos, a coger víveres con los que seguir vivos. Sobrevivieron a bombardeos desde el mar y, sobre todo, a muchos bombardeos aéreos. Tampoco guarda precisamente buenos recuerdos de los ingleses y de sus tropas especiales, los gurkas, desembarcados en las islas. «La tomaron como ir a cazar patos», relata, y evoca a los malos militares que les tocó padecer también en el propio bando. En las Malvinas enterró sus armas y su uniforme para tratar de sobrevivir en caso de ser capturado. Lo sacó un día, de su agujero, un helicóptero de la Cruz Roja que lo dejó sobre un barco hospital, el Bahía Paraíso. La guerra de las balas y las bombas acabó entonces para él, pero empezó otra. «Nos bajaron de aquel barco como ganado, y al tocar tierra nos taparon la cabeza, nos metieron en un avión sin asientos, para que entrara más gente y nos llevaron a un sitio donde la inteligencia militar nos empezó a calentar la cabeza. No teníamos que hablar decían. Es la gilipollez de los miliares a los que les lavan la cabeza», cuenta. Desde entonces no lo dejaron en paz. Acosado por vencedores y vencidos. Y de la guerra no se olvida: «Aquellos meses se sobrellevaron, pero se quedan para siempre. Tienes que tener una familia que te apoye mucho», dice. Hace tres años volvió a su tierra («en Argentina era el gallego y aquí el argentino», lamenta) siguiendo a los suyos. Tenía nietos que no conocía. Pesca, trabaja, y se echa de menos Río de la Plata. «Cuenta que sus cuatro hijos estamos orgullosos de nuestro padre, muy orgullosos», dice su hija al despedirse. Otra dura vida de fisterrán por el mundo.

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