ARA SOLIS | O |
28 mar 2007 . Actualizado a las 07:00 h.AHORA QUE están de moda los hoteles con encanto, los restaurantes con encanto, los parajes con encanto y hasta las mariscadas con encanto, vale la pena pararse a definir esa palabra. Según el diccionario de la Academia, significa persona o cosa que agrada por sus cualidades. También: atractivos de una persona, especialmente físicos. Es importante tener en cuenta esa palabra porque el turismo de la Costa da Morte parece que va ligado a ella. Llegando a lo prosaico, vale la pena explicar que cualquier cosa que lleve agregada la expresión «con encanto» se paga bastante más cara que otra que no la lleve. Y se trata de hacer negocio. El encanto es, por ejemplo, darse un paseo por la playa de Lourido y, en medio de un increíble silencio sólo roto por el viento, y tras pasar sobre una alfombra intacta de vegetación dunar autóctona, bañar los ojos en el mar azul y encontrarse allí delfines jugando y hasta alguna que otra foca. Poner dos merenderos, un aparcamiento, dos caminos de madera de los que se fabrican en serie y un chiringuito para surtirse de churrasco, no tiene encanto. Encanto es llegar a un restaurante y recibir un cordial trato familiar en un ambiente típico y merendarse un encantador lubrigante made in Galicia. Las sillas cutres, las paredes blancas, los neones, los filetes de fletán congelado y la tele a toda tralla, no tienen encanto. Contemplar las vistas desde el Cabo Fisterra, sentado sobre una roca, tiene encanto. Hacerlo desde un banquito de cemento de diseño y negociar después el precio de un souvenir más o menos hortera, carece de encanto.