ARA SOLIS | O |
03 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.ESTAMOS EN en plena campaña electoral, un período que es a la democracia lo mismo que la Navidad al cristianismo. Época de gozo por la igualdad de oportunidades y momento de revivir la importancia de haber logrado que la soberanía recaiga en el pueblo. Pero lo mismo que la Navidad ha perdido fuelle entre las clases medias, convertida en un cóctel de días libres, comilonas y consumismo frenético, la epifanía de la democracia anda de capa caída. Demasiados mesías. A lo largo de los años han sido muchos los redentores municipales. Los iluminados salvadores de la debacle y el caos que generaron siempre los otros. Con el paso del tiempo los pastorcillos se aburrieron de revivir el mismo belén cada cuatro años. Más que nada porque han visto que el oro se lo quedan siempre los mismos y que el incienso que regalan huele bien, pero no alimenta. Los pastores ya se han dado cuenta de que en política, quien manda, reparte, y casi nunca uno para mí y otro para ti, sino uno para mí y el otro también. En el entorno del pesebre son pocos los que dudan de que quien salga coronado colocará a sus ángeles a su diestra y aconsejará a su San José que deje el mundo de la artesanía y se pase al de la construcción, que alguna obriña le caerá. Tal vez por eso cada vez es menos la pasión electoral entre las gentes. El voto, que es secreto, sólo lo es para la galería. Muchos de quienes lo encestan tienen bien claro que, tal y como están las cosas, ya de meter la papeleta es mejor enseñarla primero y pedir algo a cambio después, a ver si al menos toca algo de mirra que poder vender. Por eso en el belén ya no se ven caras tan sonrientes. La vaca y el buey, tan tiernos, saben que acabarán convertidos en solomillo, y la cunita, a la sazón urna mullida de votos, ya no es lecho para ninguna divinidad que se precie.