ARA SOLIS | O |

02 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

PARA MEJORAR el cabo Fisterra lo lógico hubiera sido convocar un concurso de ideas y no escatimar los euros. Sería lógico porque ese punto es uno de los más visitados de Galicia y conocido más allá de nuestras fronteras por millones de visitantes. Ahora bien. Entendiendo que no hubiera dinero para emprender esa obra, hubiera bastado con mandar una pala para no dejar huella de las chabolas tercermundistas en las que poder comprar corales del Caribe y faros de cerámica bañada en purpurina. Un operario una vez a la semana para controlar la maleza y un encargado de información turística en el edificio del faro le hubieran dado un buen pasar al asunto. Pero no. Tenía que haber obra. Portos de Galicia, la Diputación, la malograda Fundación Arao y la Xunta sumaron sus fuerzas para dejar hecho un Cristo el emblema de la Vila do Cristo. Se escatimó la pasta hasta la usura y se le dio luz verde a un proyecto que se basa en esparcir hormigón bruñido donde antes había tierra. La chapuza se podía haber consumado en unos meses, pero tampoco fue posible, y se optó por dar el espectáculo con una agonía que ya dura más de dos años. Los turistas se asustan y los fisterráns se asustan cuando llegan a un lugar que más parece una escombrera que el emblema mítico que debiera ser. No sería de extrañar, tal y como están las cosas, que los peregrinos decidiesen cambiar la tradición milenaria y buscar otra meta a su camino, rematando por ejemplo en Touriñán, donde el alma se ensancha tranquila sin tanto circo de cabañas de madera, cemento pulido, tenderetes y contenedores subterráneos. Y todo esto sin que nadie ponga el grito en el cielo. Sin que nadie se decida a llamar a las cosas por su nombre, como si no importara nada convertir el mejor recurso turístico de la comarca en una chapuza vergonzosa.