ARA SOLIS | O |

09 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS ESTUDIANTES del instituto Isidro Parga Pondal que participaron en el programa Iguais 2015 constataron que las mujeres siguen encargándose casi en solitario de las tareas domésticas. De todas, salvo de aquellas relacionadas con la electrónica o los arreglos en el hogar. Vamos, que la cocina, la limpieza y la plancha con cosa de chicas, mientras que de las chapucillas se ocupan ellos. Las responsables de que esto siga siendo así son, en gran medida, las propias madres, que siguen pensando que los chavalotes no pueden hacer su cama, ni limpiar el polvo o lavar sus camisas y si lo hacen, será sólo como una ayuda. La idea se ha ido consolidando en el tiempo como si de un gen dominante se tratase y por mucho que se presuma de una sociedad moderna y sin complejos, sigue sin haber amos de casa. Por mucho que los más jóvenes presuman de que estamos en el buen camino para acabar con la desigualdad de géneros, no conozco a ningún hombre que presuma de lo bien que pone la lavadora, lo mucho que le gusta planchar o lo que sufre limpiando los cristales. No los conozco porque, me temo, hay muy pocos. Por mucho que se logre la igualdad en el trabajo o en los estudios o incluso en el vestir, de nada servirá mientras no exista en el hogar. Las campañas de concienciación serán inútiles mientras todavía haya hombres jóvenes -y los hay- que se enfadan si a su hijo le regalan una muñeca o al pequeño le encanta jugar a las cocinitas. Todo caerá en saco roto si a las pequeñas a las que les gustan los coches o el fútbol las tachamos de marimachos y, sobre todo, si los propios padres no se dan cuenta de que la mesa tanto la puede recoger el hijo como la hija. Si la igualdad no empieza desde abajo, desde la propia cuna, en el 2015, incluso en los países desarrollados , estaremos muy lejos de cumplir nuestros compromisos.