ARA SOLIS | O |
07 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.A VECES en la Costa da Morte se dan coincidencias tan extrañas que parecen hechas a propósito. Las paradojas más insólitas conviven sin problema en este rincón del mundo que aspira a premio europeo. Desde que murió Man, miles de personas, todos los partidos políticos, columnistas, escritores, pintores, gobernantes y, en general, todo el mundo, empezó a clamar por la conservación de su legado. Se pedía, básicamente, que se llevase su producción a un lugar donde exhibirla y que se rehabilitase su casa, de cemento y de tres metros cuadrados. Para todo ello ni tan siquiera hacía falta dinero, ya que el hombre dejó 120.000 euros en herencia para tal fin. Pues con todo el mundo a favor, con todos llorando por el difunto, con todos arrimando el hombro, su legado va camino de ser pasto de los roedores y su casa de convertirse en ruinas, porque ni el Concello de Camariñas, ni la Xunta, ni el Estado pueden hacer nada por rehabilitar algo que, en dimensiones, no pasa de ser una caseta. Todo muy lógico. Al mismo tiempo, una empresa pidió a Portos que le dejase montar un desguace de barcos en Cee. Aquella iniciativa empresarial obró un milagro político: todos los partidos sobre la faz de la tierra se unieron para oponerse, y todos aprobaron mociones y enviaron cartas y faxes y seguro que hasta telegramas. Dijeron por activa y por pasiva que no querían en su puerto una chatarrería. Y, sin embargo, la empresa siguió adelante, consiguió todos los permisos y empezó las obras con todo el mundo en contra. Y ahora que alguien me explique por qué en la Costa da Morte es tan difícil restaurar una caseta, algo anhelado por todo el mundo y hasta pagado por bolsillos particulares, y tan fácil poner a trabajar un desguace odiado al unísono por los humanos que habitan este planeta. Lo que se está desguazando en la Costa da Morte es el legado de Man.