ARA SOLIS | O |
08 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.DOMINGO, OCHO de la mañana. La carretera comarcal 552 es un infierno de viento y agua. De vez en cuando, cuando atravieso una zona de prados, noto como el coche se bambolea, como va siendo empujado al centro de la calzada, a golpes, a ráfagas. Me siento en medio de una refriega, medio ciega por la falta de luz y casi cegada por los faros de mis oponentes, que sólo son coches que circulan en dirección a Carballo. Todo este martirio sería mucho más llevadero si la carretera tuviera sus líneas pintadas, alguna iluminación en los tramos más duros y, sobre todo, si estuviera en Alicante en lugar de en la Costa da Morte. Cuando una borrasca nos barre como si nos quisiera borrar del mapa, y esto aquí es muy frecuente, sólo te puedes agarrar a las infraestructuras para intentar mantenerte en tierra y aquí dejan tanto que desear que de noche no sabes si vas por una vía comarcal o por un caminito. Siempre he creído que los accidentes de tráfico, sobre todo los de las madrugadas de los fines de semana, se debían al alcohol y a la juventud. No digo que no sea así, pero sí sé que muchos podrían evitarse con una carretera en buenas condiciones, que permitiera ver por dónde circulas. Cuando salen los de Tráfico echando las culpas sólo a los automovilistas me dan ganas de llevarlos por la famosa ?AC-552, un domingo de borrasca, a las ocho de la mañana. Tal vez les cambiaran algunas ideas y quizá se plantearan las cosas de otra manera. Ese día, esa mañana, a punto estuve de parar en el primer puesto de la Guardia Civil y poner una denuncia contra la conselleira de Política Territorial por intento de homicidio o algo parecido. Si no hubiera vuelto de ese viaje no hubiera sido por ser joven y borracha, sino porque el mantenimiento de nuestras carreteras deja mucho que desear. Palabra de honor.