ARA SOLIS | O |
05 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.APENAS PARECE que acaba de irse el verano, aunque hayan transcurrido más de un par de meses. Sin embargo, parece que era ayer cuando íbamos a tomar el sol a la playa, cuando los días eran largos, las horas de luz eran más y las tardes no acababan a las seis. Aunque sí lo han hecho las lluvias, todavía no ha asomado el frío del crudo invierno, con esas heladas nocturnas que te ofrecen una estampa de hierba blanca cuando te levantas por la mañana. Y ya todo nos recuerda que ya están aquí las Navidades, esas fiestas que aunque no duren más de quince días, en realidad empiezan al menos un mes antes. Todo en el ambiente es navideño: los árboles adornados, las luces¿ De ello se encargan perfectamente los supermercados, los centros comerciales y las grandes superficies, que ya hace semanas que están repletos de turrones y demás productos típicos. Los anuncios te saturan, tratando de provocar en nosotros -y casi siempre lo consiguen- ese consumismo tan propio de nuestra sociedad y, paradójicamente, tan asociado a estas fechas. Siempre hay quien adora estas fiestas, tan entrañables para unos como aborrecibles para otros. Así es la Navidad. Pero para quien no pasa inadvertida es para los niños, que aguardan ansiosos las vacaciones del colegio a la espera de que las notas haya sido buenas para que los Reyes Magos y Papá Noel sean benévolos. Aún recuerdo cuando los únicos que dejaban regalos eran los Reyes Magos. Ahora hay a elegir si se prefiere a Papá Noel o las clásicos majestades, claro que los niños en esto no tienen prejuicios y se apuntan a los dos. Mientras te dejen un regalo, lo mismo da si vienen del Polo Norte en un trineo tirado por renos o de Oriente en camellos. Claro que para ello es imprescindible mandarles una carta bien detallada, aunque con esto de las nuevas tecnologías cualquier día les piden los regalos en un e-mail.