ARA SOLIS | O |
05 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.TAL Y como están las cosas actualmente supongo que habrá un montón de gente a la que se le habrán quitado las ganas de montar un negocio. Desde las Cámaras de Comercio y otras instituciones empresariales, incluso desde las Administraciones Públicas, animan al autoempleo, instan a los emprendedores a que saquen su idea adelante y prometen cientos de ayudas y facilidades para que los proyectos vean la luz y se cree riqueza. Sin embargo, es un riesgo fundar una compañía. No sólo porque hay muchas posibilidades de que salga mal y que el valiente en cuestión se endeude hasta las orejas, sino porque si sale bien corre el riesgo de no poder dejarla nunca. Es lo que está pasando con Calvo. Es cierto que los empleos de mucha gente -casi un millar- e incluso la bonanza de un pueblo entero puede depender de cómo finalice la operación que hace dos días nos sorprendió a todos. Es cierto que los hermanos José Luis y Luciano Calvo Pumpido tienen que moverse con cautela y ser responsables de esa gran familia que han ido formando entorno a las latas de atún. Pero también es cierto que se trata de una empresa privada y que sus propietarios pueden hacer con ella lo que les venga en gana. Venderla, cerrarla o pintarla de rojo chillón. Una empresa es un negocio y es lógico que sus propietarios quieran sacar un beneficio de ella. Otra cosa es que luchen por dejar a sus empleados en buenas manos o, por lo menos, que cumplan las leyes a rajatabla. Incluso, si es cierto, podrían pedirles que devuelvan las ayudas autonómicas y estatales que hayan recibido en los últimos años. Sin embargo, nadie puede criminalizarlos por querer vender la empresa que su familia fundó. Sean cuales sean sus razones pueden hacerlo precisamente porque es suya. Es su negocio y con su negocio, como haría cualquiera, deben hacer lo que les dé la gana.