ARA SOLIS | O |
28 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.UN AMIGO me comentaba anoche la sorpresa que otros coruñeses se llevaron al avistar una estrella fugaz estamparse en las capas altas de la atmósfera. Esto es, un meteorito, un meteoro o un meteoroide, a saber, que no son lo mismo y para eso están los expertos. Lo del ovni desintegrándose vamos a descartarlo de momento. Estas cosas llaman siempre la atención. Más en la ciudad, por la falta de costumbre, los edificios y la luz. Y mucho más si los granos de polvo que se queman tienen un tamaño llamativo y parece que, por unas décimas, se enciende una chispa en la bóveda. La celeste, que no es azul, sino tirando a transparente. Es una pena que en esta nuestra comarca no se anime a la observación de las estrellas. Cuánto debieron observarlas nuestros ancestros, al construir tantos dólmenes. O nuestros marinos, al salir a navegar. Hace pocos días, la Estación Espacial Internacional nos sobrevoló casi en vertical (sobre Galicia, pero el corte parecía llevar al Cabo Fisterra), allá a 346 kilómetros de alto, a 27.000 kilómetros por hora. Fue, claro, un suspiro sobre nuestras cabezas, un suspiro brillante, bello y silencioso, una pequeña bola blanca, un desliz de un faro luminoso de oeste a este, de Fisterra a Madrid, hacia la zona de Orión, una que está muy lejos, salvo en la imaginación. No somos tierra de observar el cielo, salvo para las bombas de palenque, las luminarias artificiales o para ver si llueve, o rezar para que lo haga. Así nos perdemos espectáculos como ese, gratuitos y gimnásticos. El fisterrán Valentín Castrege, q.e.p.d , hablaba a veces de ello, de sus noches en soledad en los faros de España, nuestras otras estrellas en el perfil abovedado de la Costa da Morte. Fue por ello, y tal vez por la suerte, que decía haber visto el mítico rayo verde. Otros marinos han visto otros rayos y otros colores, y hombres del campo otras luces de las que ya no hablan.