ARA SOLIS | O |
11 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.QUIEN MÁS y quien menos ha disfrutado alguna vez de una verbena. Quien más y quien menos se ha subido a una atracción de feria y ha paseado entre los chiringuitos que se instalan en las plazas los días de fiesta. Seguro que todos han comido alguna vez una rosquilla y han disfrutado de los conciertos gratuitos que se celebran los días del patrón o la patrona. Quien más y quien menos ha estrenado ropa el día de la procesión o abierto bien los ojos para ver a lo lejos una sesión de fuegos artificiales, o ha llevado a sus niños a pasárselo en grande en los hinchables gratuitos, o apagado su hambre en una fiesta gastronómica en la que reparten sardinas, mejillones, carne al caldeiro o lo que se tercie. Seguro que a la mayoría le gusta que en las fiestas de su pueblo toque la orquesta de moda y no se escatimen gastos con las bombas de palenque, que el escenario sea el más grande de la comarca y que las calles se llenen de charangas, grupos de gaiteiros y niños bailando muiñeiras. Seguro que este verano todo el mundo asistirá a alguna sesión vermú y, aunque no baile, se apoyará en la barra del improvisado bar y moverá los pies al ritmo de la música. Pues a pesar de todo esto, todavía hay muchos que les cierran las puertas en las narices a aquellos que, haciendo un esfuerzo poco común, se animan a formar parte de las comisiones de fiestas e ir puerta por puerta pidiendo la voluntad. Sin dinero no hay fiestas, y aunque a la mayoría le cuesta llegar a final de mes, deben pensar que las tradiciones no son gratuitas, y que los organizadores no piden para molestar, sino para poder pagar a esas grandes orquestas, esos grupos y esas actividades varias que tanto le gustan a la mayoría. Pasarlo bien es gratis, pero lo cierto es que hoy en día nadie se sube a un escenario sin llenarse antes el bolsillo.