ARA SOLIS | O |

13 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

PARECE QUE estamos condenados. El peaje se va a quedar ahí por el momento, y seguramente durante los próximos momentos que restan hasta mediados de siglo XXI. Son cosas que pasan. Mientras los sucesivos gobiernos centrales construían -y construyen- sin tregua autovías en el sur, a los gallegos -que parece que seguimos siendo los coitadiños de siempre a ojos capitalinos- nos vendían una, la de Carballo, que encima le supuso un buen pellizco a las arcas centrales. Tal vez los dineros salidos de esa concesión se emplearon para hacer justicia en Huelva. Así que seguiremos igual. Aislados. Y mejor que a nadie se le ocurra desplazarse a A Coruña y desde allí a Vigo para luego regresar. Se sabe que la única autopista que atraviesa el país anda por la nubes. Lo mismo que la gasolina. ¿Saben que ese viaje en coche, de ida y vuelta, sale más caro que viajar en avión de Santiago a Londres o a Roma, ida y vuelta? Luego dirán que no se trata de una tomadura de pelo. Pues sí. La muralla que separa la Costa da Morte del resto del mundo sigue creciendo. Por un lado el mar y por otro un profundo agujero en la cartera cada vez que uno quiere desplazarse. Si el objetivo es fijar la población, parece que vamos por el buen camino, porque sólo hay dos opciones para el común de los mortales: quedarse quieto para ahorrar, o hacer las maletas para vivir. En los pueblos de Castilla está el espejo en el que, a este paso, acabaremos reflejándonos: sitios solitarios y medio desérticos en los que llaman joven a quien no llega a los 65 años. Las cifras cantan, y la Costa da Morte sigue perdiendo población y demostrando que se puede existir en un entorno privilegiado sin que eso se traduzca en una mejora general para los habitantes. A muchos les gustaría venir a vivir aquí. Pero pocos lo hacen porque no hay de qué vivir.