Peajes (2)

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

06 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

LA AG-55 me pone de muy mal humor. Y como la utilizo todos los días, todos los días los empiezo con muy mal café y los acabo con un odio enfermizo. Me cabrean sus curvas, la cantidad de camiones con los que me cruzo, sobre todo hasta Sabón, me enerva que la iluminación sea pésima -más bien inexistente-, que los días de lluvia sea un auténtico peligro y que el trazado sea un verdadero asco. Pero, sobre todo, me sacan de mis casillas los peajes. Ninguna culpa tienen los que atienden las garitas y recogen las monedas casi con miedo -bastante hacen sonriendo y deseando buenos días a los que por allí pasamos con cara de pocos amigos-. A estas alturas, la verdad es que ya no sé quién tiene la culpa. Después de varios años de un lado para otro, conozco las curvas de la AG-55 casi mejor que los rincones de mi casa. Pese a ello, sigo teniendo miedo y cada vez que llego, por ejemplo, al kilómetro 12 me acuerdo de la familia del ingeniero que la diseñó, el director xeral que la aceptó y el conselleiro de turno que la inauguró. Me acuerdo de todos, pero ahora, sobre todo, me acuerdo de aquellos que prometían que cuando pudieran eliminarían el peaje. Y de aquellos que antes en el poder y ahora en la oposición se meten con el Gobierno porque no retira las cabinas de cobro. Me acuerdo de todos porque a estas alturas me da la impresión de que la supresión de los peajes no le interesa a nadie, salvo a los más de diez mil que, a diario, nos jugamos la vida en una carretera de tercera división y, además, como si fuésemos idiotas, pagamos por ello. Quizás ésta sea una buena oportunidad para que los políticos de la comarca (todos, sin excepción) se unan para darle un tirón de orejas a quien corresponda y que la Costa da Morte deje de ser sólo asequible para aquellos que desembolsan dos euros por un trayecto infernal.