ARA SOLIS | O |
14 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.«EL CARBALLO se queja del arbitraje en la cancha del Pontedeume», decíamos ayer en la página de deportes. También se quejó el entrenador del Soneira, Manolín, que vio cómo sus chicos empataban ante el Olímpico de Rutis, y José Antonio Moreira, el técnico del Bergantiños, que cayó ante el Alondras de Cangas, y Jesús Baleato, que entrena al Santa Comba, el equipo que el sábado tuvo que soportar que el Cerceda le ganase en el tiempo de descuento. No sé si se han dado cuenta, pero este fin de semana pasado protestó mucha gente. Tal vez fuese cosa de la incipiente luna llena, que, dicen, saca de sus casillas a los más sensibles. En estos casos deportivos, sin embargo, no parece que fuese cosa de lunáticos, sino de árbitros. Decían los entrenadores quejosos que los de negro se habían portado mal, que no habían hecho su trabajo como es debido y que sus partidos se habían ido al garete por culpa de sus erróneas decisiones. Tal vez no les faltase razón. Es probable que los árbitros en cuestión, que son humanos, metiesen la pata y pitasen cuando no debían, o no pitasen cuando era necesario. Quizás alguno de ellos incluso estuviese comprado o le tuviese tirria a alguno de los equipos. Todo es posible. Sin embargo, lo más raro de todo esto es que jamás se ha oído a un entrenador, presidente o jugador quejarse porque un árbitro haya decidido erróneamente a su favor. Ningún equipo protesta cuando gana sin haberlo merecido, ni cuando le dan por válido un gol que no lo ha sido. En el deporte, como en la vida, todos miran hacia otro lado cuando las injusticias le favorecen.