ARA SOLIS | O |

13 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA EXTRAÑA e inusual espoleta se ha abierto en las mentes de algunos individuos para que, de repente, haya brotado el fuego en combustiones nada espontáneas. Como en verano, cuando se inicia el primer fuego de la temporada en algún recóndito monte. Parece que hubiera quien estuviese esperando la señal para seguir con la procesión de llamas. O -más tétrico aún- eso que cuentan de que cuando uno pierde voluntariamente la vida, hay quien le sigue si se entera. Somos animales en estos gregarismos, en instintos brutos y atávicos, pero no en seguir la senda de la solidaridad, la bondad o la compasión que otros abren de vez en cuando. Semeja, pues, que abre uno el camino y va el otro. Contenedores o autobuses un día, montes el otro, vehículos particulares a la semana siguiente, casas en los cascos viejos de la Costa da Morte, alpendres centenarios en la aldea vimiancesa... ¿Será sólo una casualidad esta concatenación de acontecimientos? ¿Alguien se ha vuelto loco de repente? ¿Es el frío, las xeadas , que queman -es un decir, y muy extendido- las coles y las berzas y ahora lo hacen con las mentes? ¿Es todo esto y, además, la mala baba de algún protagonista que se ha quedado entre el mono y el homo sapiens , como muy acertada e irónicamente reflexionaba el etólogo Konrad Lorenz sobre determinados comportamientos? Qué raro es todo. Lo peor de esto será que no se sepa, en un tiempo prudencial, quién o quiénes son los culpables de las fechorías calenturientas. De lo de los autocares, las casas, los alpendres. De ocurrir así, de no saberse, aumentará la inseguridad, caerá la fe en el sistema y, casi peor, prenderá otra llama, la de la sospecha. Esa que recorre todos los rincones y que atribuye intenciones y acciones sin ton ni son a tantos destinatarios que, al final, siempre habrá quien acierte. Pero así no vale.