Reportaje | Vivir con una silla de ruedas El carballés Jorge Velo, con una minusvalía física del 95%, relata los problemas que una persona con movilidad reducida se encuentra desde que sale de la cama
26 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Hace 16 años Jorge Velo era un hombre normal. Músico de profesión, pasó, por causa de un accidente de coche, a formar parte de un colectivo al que, seguro, nunca pensó pertenecer. Salió del Juan Canalejo tras 23 meses ingresado con una tetraplejia y una minusvalía del 95%. Y los problemas aparecieron, con el alta en la mano, cuando puso un pie en la calle. Él lo lleva con un elegante buen humor envidiable, otros no. Para empezar, al llegar a su casa tuvo que cambiarla de arriba a abajo. Las puertas hubo que anchearlas para que pasara la silla. Y en el baño desapareció la bañera. Todo ello pagado de su bolsillo. Porque no había ni hay ayudas significativas. Jorge Velo se levanta tarde porque le cansa pasar mucho tiempo en la silla. Después de comer baja al bar, al Oasis, a tomar el café. Tienen que llevarlo y traerlo, pero al menos entra. En la mayoría de los locales de Carballo no puede hacerlo. «Eu saio, pero hai moita xente que se queda na casa todo o día», dice. En su caso cuenta con el apoyo incondicional de su mujer y sus dos hijos. Ella, claro está, no se plantea trabajar. Lo lógico y lo deseable sería que hubiese algún tipo de ayuda a domicilio. Y la hay, pero hay que pagarla. «Eu non podo», dice. Esa ayuda es una de la que se echa más de menos: «Se quedas só rompes e mal asunto», cuenta. Pero en la comarca no hay ningún tipo de oferta especial de actividades. Si no echa una mano la familia, no la echa nadie. Demasiadas barreras Jorge Velo pensó en adquirir una silla con motor eléctrico, pero desechó la idea porque en Carballo no resuelve nada. «Saes de casa e seguramente non poden baixar nin da túa beirarrúa, e iso se non ten baches». Él vive de una pensión por haber cotizado un número de años determinado, y con esos ingresos tiene que desenvolverse. Necesita rehabilitación de modo permanente, pero ese servicio no lo presta la Seguridad Social, tiene también que pagarlo de su bolsillo. Si por una consulta médica debe desplazarse a A Coruña, las limitaciones aumentan. Ni pensar en intentar llegar en autobús. Tampoco hay taxis adaptados. «As veces tes que ir en ambulancia, pero non che gusta, claro», dice. Cada año, dice, hay más lesionados medulares. Zambullidas, caídas de árboles y accidentes de coche son las principales causas. En la Costa da Morte hay cerca de 4.000 personas con alguna minusvalía. Pero el número no tiene su reflejo en servicios especiales. «Cando che dan o alta, arréglate ti», cuenta Velo. No sólo se queja de la falta de ayudas, también del incumplimiento constante de las normativas que obligan a construir edificios adaptados para minusválidos. No se cumplen. De la mayoría de los bares y restaurantes tiene que olvidarse, pero también de la posibilidad de ir al supermercado -sí puede acceder a los centros comerciales- o de visitar a algún amigo. En muchas casas nuevas los ascensores no están pensados para sillas. «Aos que permiten que as obras se fagan así había que decirlles algo», apunta el carballés.