La dispersión de la población acrecienta los problemas

La Voz

CARBALLO

Ser discapacitado físico en el medio rural es mucho más difícil que en una ciudad, donde la cercanía de los servicios y la desaparición de barreras arquitectónicas hacen que sea más sencillo vivir. Adolfo López Baña, presidente de Íntegro, dice cuando se le pregunta a qué sitios no se puede acceder en la Costa da Morte si se necesita una silla de ruedas para desplazarse, que es mucho más sencillo contar los lugares a donde se puede ir. «Coa nova lei antitabaco, como hai que ter máis de cen metros para verse obligado a adaptarse a ela, houbo quen reduciu superficie nos locais poñendo aseos para minusválidos, pero os empregan como almacéns», dice. Actualmente, una persona en silla de ruedas no puede, por ejemplo, visitar las Torres de Allo, y hasta hace poco tampoco podía acceder a varios ayuntamientos que carecían de ascensor, como el de Fisterra o el de Muxía. A esos problemas se le suma el de los precios de los tratamientos. Existen personas que necesitan servicios permanente de rehabilitación, pero la Seguridad Social no da acceso a ellos más que de modo temporal. Son los minusválidos los que han de pagarlos de su propio bolsillo. Además, las asociaciones que ayudan a este colectivo dependen muchas veces de convenios o de subvenciones puntuales que pueden desaparecer sin que ninguna Administración garantice la continuidad de un servicio.