ARA SOLIS | O |
19 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.OCURRIÓ AYER, pero podría haber pasado cualquier otro día. Quizás se repita a diario. En una céntrica calle de Carballo un matrimonio paseaba con un par de niños. El más pequeño iba sentado en una sillita y la mayor, de apenas tres años, caminaba al lado de su hermano. Sin saber muy bien por qué, la niña se empeñó en empujar el carro y para ello intentó apartar las manos de su madre. Como respuesta: un bofetón. A lo bestia y sin miramientos. En toda la cara. Tan fuerte que creo que incluso le dolió a todos los que presenciaron la escena. La pequeña, como es lógico, se echó a llorar. Se enrabietó y se negó a seguir caminando. Gritaba y le daba patadas a la acera. No hubo razonamientos y para que anduviese, su padre le dio otro tortazo. Igual o más fuerte que el primero. Su madre empezó a protestar y, desde luego, le importaba muy poco que media docena de personas se hubiesen quedado paralizadas observando la escena y pensando, supongo, que esa era la clase de padres que tarde o temprano salen en los periódicos porque le han propinado a sus hijos una paliza de muerte. «Merda de nena», llegó a decir la madre después de una retahíla de insultos de lo más variado. Hasta que de nuevo comenzó a caminar, la pequeña recibió dos o tres collejas, otro bofetón y varios empujones. Ni el padre ni la madre se apiadaron de ella y la arrastraban por la acera como si nada pasase. Y la pequeña seguía llorando. De dolor y de rabia, supongo. Lo peor de toda esta historia es que todos los que la presenciamos nos quedamos callados. Quietos. Sin hacer absolutamente nada. Sólo nos miramos entre nosotros alucinados. Sin mover apenas ni un músculo. Y cuando desaparecieron de nuestra vista todos seguimos con lo que estábamos haciendo. Como si no hubiese ocurrido. Pero ocurre. Quizás a diario.