TRIBUNA ABIERTA | O |
26 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.QUIERO REFERIRME a una carta firmada por Gabriel Pérez que publicó el día 20 La Voz de Galicia con el título «Urbanismo». Me dejó un tanto desconcertado con afirmaciones como: «¿na Costa da Morte hai alguén que, para acadar terreos, utiliza a mesma fórmula¿», es decir, que hay gente que para comprar terrenos, por decirlo de alguna manera, emborracha a los propietarios y luego los engaña abusando de la merma de sus facultades mentales. Hace también una crítica muy directa con solo una base de dimes y diretes -«según cuentan» o «hay quien presagia»- y también «...prométense campos de golf que, facendo o mesmo efecto que o viño, engaiolen aos pobos¿». Y así continúa con su particular visión, un tanto apocalíptica, basada en datos tan «claros y documentados» como los anteriormente expuestos. Hay una idea de hacer un campo de golf en el municipio de Carballo. Conozco bastante de este asunto y por ello me gustaría que el señor Pérez explicase un poco más sus afirmaciones/acusaciones referidas a este proyecto, porque escribir cosas basadas en elucubraciones es tan fácil como condenable. Todas las empresas, promotoras incluidas, buscan un beneficio. Es lícito. Nadie regala nada. Tampoco es que esperara otro estilo de crítica, estoy acostumbrado a leer sus escritos y guardan una misma línea: nunca leí una critica constructiva escrita por él, algo que ayude en un determinado tema, dar ánimo a quien lo necesita, el aplauso que, supongo, más de uno mereció¿ más bien al contrario, me pareció siempre leer entre sus líneas como un trasfondo de rencor, complejos, fracasos... que descarga en su objetivo de forma impune (mi carta espero que sea una excepción) e irracional. Uno de sus objetivos favoritos es la clase política. Más de una vez, leyendo sus dardos envenenados contra todo tipo de políticos llegué a sentir hasta vergüenza ajena. ¡Ah! Hablando de milicia y alcohol, yo también me acuerdo de un compañero de mili que me confesaba que para escribir tenía que hacerlo con cinco o seis copas encima. Él decía que sin alcohol era incapaz de escribir, pues estando sobrio no se le ocurría nada divertido o interesante. Claro que, como él mismo reconocía más tarde, lo que escribía no eran más que sandeces y burradas, que a veces resultaban hasta desagradables. Un día, un grupo de compañeros lo convencimos de que es mejor estar callado y no decir nada que tener que decir tonterías. Gracias a esto, este compañero cambió su táctica, y a partir de ahí sus misivas fueron mejorando progresivamente, hasta el punto de que sus destinatarios llegaron a disfrutar con la lectura de sus letras. Este compañero tenía entonces 22 años, y estoy convencido de que hoy, si pudiera, le gustaría leer estas cosas, y volvería a acordarse de cuando decía que «o falar non ten cancelas».