CRÓNICAS DE FISTERRA | O |
20 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.AL TERMINAR la Guerra Civil española desaparecieron muchos miedos, al pensar la gente que se retornaría a la vida normal. Desgraciadamente, no fue así en muchos aspectos, de los cuales destaco el hambre y el estraperlo. Para varios autores, murió más gente de ganas de comer en la posguerra que de heridas en el campo de batatalla. Resulta paradójico -por no decir incomprensible- que un régimen anticomunista cien por cien nacionalizara ciertos productos de consumo básicos y los entregara a los consumidores usando cartillas de racionamiento en las que los artículos se vendían a precio de coste. A pesar de todo, la idea no parecía mala, siempre y cuando se respetasen la ética y la política distributiva. Las villas marineras lo pasaron muy mal, pues sólo producían pescado -y no siempre-. El abastecimiento de harina, verduras, lentejas, leche, aceite, etc... a los puntos de reparto no tardó en ser insuficiente y de calidad muy mala. Aquel pan... En aquellos años, por causas diversas, los inviernos eran muy duros. Había meses enteros que no se podía salir de pesca a causa del vendaval. La falta de dinero se juntó con el caro y malo abastecimiento y, como en tantos sitios, nuestros antepasados empezaron a sufrir las consecuencias del hambre. Nuestros escasos agricultores empezaron a esconder parte de su producción agrícola para protegerse, en lo posible, de la hambruna. Todo estaba preparado para la aparición del estraperlo. Se compraba a un precio y se vendía a otro mayor a los que tenían dinero. Así aparecieron ricos burgueses, cuyo dinero procedía del hambre de los pobres. Y algunos todavía viven de aquello.