ARA SOLIS | O |

18 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

A VECES la vida se le atraviesa. En otoño, sobre todo, al tiempo que caen las hojas se le cae el alma y se siente como un tenedor viviendo en una tierra de sopas. Le cuesta pintarse los labios, coger el bolso y salir de casa. Cuando le duele el alma, odia ver a los de siempre y oír a sus espaldas que algo le está pasando, que no es normal que siempre tenga los ojos enrojecidos. Pero sí lo es. No se siente feliz y la pena se le escapa poco a poco en forma de lágrimas y, a veces, también como reproches hirientes hacia aquellos que ella cree que no la quieren como debieran. Destroza el corazón oírla decir que jamás ha sido feliz, que llegado el otoño, el real y el de su vida, se ha dado cuenta de que lo único que ha hecho ha sido sacrificarse por los demás, pero nunca por ella. Que le hubiese gustado ver el mundo a través de sus propios ojos y no con los de su marido o sus hijos. Desgarra cuando llora e hipa, como cuando los niños más pequeños se agarran un berrinche, y asegura que se siente sola, abandonada por los aquellos a los que más ama. Duele su dolor inconsolable y sus ojos grises, más grises de lo habitual, sólo reflejan una pena inconfesable. A veces, sólo a veces, esboza una ligera sonrisa y los que sí la quieren, aunque no lo crea, rezan porque la primavera se haya adelantado, porque vuelva a sentirse como antes de la temporada de frío; feliz, activa, con ganas de comerse el mundo. Después de muchos otoños, esos por los que tanto se ha sacrificado y que ella cree que no la quieren han descubierto que las caricias y los besos actúan como un jarabe contra la pena. Sin receta médica y cuantos más, mejor. Nada de dosis de mañana, tarde y noche. Sin vergüenza y a todas horas. Montañas de besos contra la tristeza del otoño. Y entonces, vuelve a sonreír, como las cucharas en la tierra de las sopas.