Animales

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

14 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL CASO del jabalí de Montemaior, domesticado casi como un perro pero sin morder -o tal vez sabe, pero lo disimula de miedo-, ha llamado la atención a algunas personas. Bien, seamos sensatos, normal no es, pero no nos engañemos: tampoco es para tanto. Provenimos, muchos, de una sociedad -palabra que en este caso dícese que vale como sinónimo de infancia- donde el contacto con lo inverosímil era pan de cada día y deudo de siglos de comportamiento entre pares en pueblos pequeñitos y cerrados en sí mismos como los vallados de un castro. Otros dirían que tiene algo de ese realismo mágico de García Márquez, aunque, al parecer, él lo había copiado -Ramón Chao se lo preguntó una vez y la respuesta fue más o menos afirmativa- de las historias de su abuela gallega. Así que, en esa infancia de irrealidades, tener un jabalí en casa, siendo como de la familia, podría considerarse de todo menos excéntrico. ¡Quen o tivera! Si salía tonto llenaba la tina de buenos perniles. ¿No ocurría así con algunas vacas, a las que se trataba con más cariño que a algún pariente, y a las que sólo le faltaba o entendemento ? ¿No teníamos urracas muy comunicativas y bromistas? Sí. Y zorros que, cogidos de pequeños, también se amansaban y hasta le hacían ascos a las gallinas. ¿Y caballos con carácter, que imponían su voluntad en las encrucijadas? O gatos que avisaban de los peligros y, naturalmente, perros con los que se podía mantener una conversación de unas cien palabras. Hay algún adolescente, hoy, con el que es más difícil. Palabra. Así que el jabalí perruno está bien, pero sin pasarnos. Se acuesta a la orden del amo, camina detrás de él, le obedece a la hora de comer, lo conoce a metros de distancia, es cariñoso. Lo normal . Otra cosa es que, por ejemplo, hablase. Buenos días, buenas tardes. Algo simple. ¡Daquela..!